8 de febrero de 2017

De qué se trata todo esto

Se trata sobre ir atando cabos, hilando historias, uniendo sucesos, encontrando frases, textos, ideas, sobre mezclarlo todo, separarlo, entenderlo, ver las repercusiones, sobre mirar atentamente, sobre ser una sola cosa con las palabras, sentirlas, las ideas, las emociones, verlas, sobre saber, que siempre hay más detrás de las cosas, forzar el pensamiento, usarlo, utilizar la inteligencia, torcer la mente, sentir los fenómenos, emocionarse con los detalles. La inspiración está hecha de todo esto. Y tiene más de cansancio y de hastío que de magia, o, todo lo contrario. Ambas, la fatiga y la gracia, la desesperación, la desesperanza, y la excitación y la musa son bastante amigas, aunque se odian. Parecen opuestas, pero se encuentran. Y la sensación de ese encuentro sólo podría definirla como sentido vital. Ese encuentro son las palabras mismas, lo que sea que ellas signifiquen. Aunque el significado cambie cada día. Aunque ellas mismas elijan ser un millar de cosas, aunque en cada una de ellas detrás de la puerta se esconda un abismo, profundo, ininteligible, y tan sugerente, y tan condicionado, y absolutamente múltiple y maleable. Las palabras tienen esas cualidades excepcionales, son máscara y son tripas, los órganos de miles de millones de seres humanos que las pronuncian, las hacen propias, las balbucean, las piensan, o simplemente las enuncian, sin poner atención, queriendo decir algo, a veces sin saberlo exactamente, o sabiéndolo, pero ocultándolo. Todo es posible con ellas, las respetamos y las prostituimos, las ensalzamos y las tiramos a la basura, pero ellas se niegan, se oponen tozudamente a vaciarse de contenido, porque significan algo, o varias cosas al mismo tiempo, pero algo, al fin y al cabo. Y cuando las destruimos nos hacemos añicos a nosotros mismos, porque ellas saben que significan algo, y cual seres cabeza dura, de manera terca y obstinada, insisten en permanecer, y sólo cuando indagamos en qué quieren decirnos, podemos nombrarlas con el respeto que se merecen, u ocuparnos de otra cosa hasta desintegrarnos, y ver el reloj de arena dejar caer su última partícula de esperanza, lo que se llama: se acabó el tiempo, y el resto es historia.


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