Munich me cambió, no tengo dudas. Mi nueva pareja es el idioma alemán, que intento descifrar y aprender con devoción. Por pequeños momentos siento que he perdido mi capacidad de fascinación y suele estar ahí, esperando, observándome a los ojos, para desafiarme, para embelesarme por su grandeza. Ópera, ballet, lagos, ríos, ritmo. Sol incandescente, jardines, partidos de fútbol, cerveza, libros, museos. Naves espaciales, ciudades medievales, cascadas. Yo quiero vivir, y a veces lo consigo. Quiero explorar esa ciudad hasta que me pertenezca un poco. Hasta que esas palabras, esa filosofía, esa música, ese cine, ese arte estén a mí lado como compañeras y amigas. Quiero pensar que nunca he tenido una existencia antes y esta es la que va a guiarme, porque somos más grandes cuando comprendemos lo que otros quisieron decir. Lo que otros crearon y soñaron. A mí me gusta tomar prestado los mundos de otrxs para estar en ese espacio un momento. Así siento que el asombro no se detiene. No comprender nada es mi pasión. Lo único que me mueve es comprender lo que se me hace incomprensible. Con los pies en el río Isar en un día de treinta grados de calor, prometí comprender. Ese tipo de promesas son las cruciales porque nos dan movimiento e impulso. Mi pasión es la música que yo advertí en esa ciudad.
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