Annie Ernaux es la hostia. Tiene tan merecido el premio nobel. Cada día lo confirmo más. Leí hace unos días “Mémoire de fille”: un libro perfecto. De esos que sé que van a acompañarme hasta el final de mis días, porque al igual que ella, yo también soy “un ser literario”: “alguien que vive las cosas como si ellas debiesen ser escritas un día”. La incorporé a mi lista de autoras de la novela-tesis de nuestras vidas, Doris Lessing, Simone de Beauvoir, Gabriela Mistral, Hannah Arendt, Virginia Woolf, Annie Ernaux. Tengo el libro en mis manos y recorro los pasajes donde subrayé y anoté un asterisco (es mi manera de volver luego a los libros para transitar lo que era crucial), y sé que cada párrafo van a ser varios meses, o años, para realmente integrarlo y comprenderlo en profundidad. Es como que me encontré con una amiga, alguien que se hizo las preguntas que yo también me hago, antes de mí, y entonces ya tiene una pequeñas luciérnagas en la oscuridad, esa torre del faro para llevarte a algún lado. Su manejo de la forma es superior. Estoy tal vez diciendo boludeces porque eso ya quedó zanjado. No importa, igual está bien insistir sobre esto, porque no todos los días se acerca una a lo más alto. El punto es este, su literatura tiene la distancia precisa entre emoción y forma. Está el libro, y a una medida equidistante de él está la emoción del relato sincero, y la separación de la forma. Esto es, cercanía y lejanía se conjugan de manera ideal. Si pudiésemos leer cada día libros así estaríamos al otro lado. Pero el arte es reacio a plegarse a las medidas justas. No se obtienen así no más. Además es más que el arte, porque es la entrega de una parte de uno mismo. Y eso requiere riesgo, parresía, como diría Aristóteles, la franqueza que oculta el miedo, lo transmuta, lo hace indisociable de la verdad. Cuando leo libros, ahora puedo advertir esta relación con la verdad, si se escribió con una amenaza real o no, si hubo un gesto de coraje, si el libro nació solamente de la forma o si él acarrea el temor cierto de expresar lo que nos quita el sueño cuando no hay nadie más en la habitación. Tampoco aspiramos a libros de pura emoción porque se nos desvanecen entre los dedos, y la literatura es forma. Creo que ambas cosas se entrenan, aunque de distinta manera. La emoción se obtiene del vivir, y la forma, del trabajar. De los libros que he leído este último tiempo, también me sorprendió mucho el último libro de Judith Godrèche: impecable. Contiene la medida justa. Siempre es un placer descubrir esto. Es escaso. Un espejismo que pocas veces existe en la realidad, pero a veces se materializa, como oasis en el desierto de la literatura, tan exigente que todxs se van quedando fuera del vagón en el camino, pero algunos libros llegan. La literatura es un desierto fascinante, del cual estoy dichosa de formar parte, aunque probablemente me haya caído del vagón todas las veces, pero mi obstinación es de película de terror: soy capaz de lo que sea necesario. Un ser literario. Encontré al fin mi definición, en un libro por supuesto, todo lo que vivo tiene una sola función, destinarse a ser escrito, como si cada paso estuviese adosado a una forma en tiempo real. Lo que dije no es contrario a la atención plena, no implica estar en dos lugares al mismo tiempo, sino que el ser literario habita el presente de esta manera. Simplemente no hay una separación. Cada paso es un párrafo, cada aventura una historia. Cada momento, además, no es solamente existencia y literatura de manera integrada, sino que existencia está a su vez dividido integradamente en dos personas, la que vive y la que observa. Vivo sola pero es como si viviera con alguien, hablo en voz alta, y voy comentando mis pensamientos y acciones, para elogiarlos o recriminarlos. Una especie de Fernando Pessoa en potencia. Pero aquí solo hay dos, y no setenta. No perdí la cabeza, habitamos el mundo en una conversación constante con uno mismo. Para llegar a nuestra verdad. Para dar con la forma. Para alcanzar la emoción. Ese modo que tenemos de existir y observar en un solo instante es una facultad sorprendente. Sentir y reflexionar de manera integrada. Somos una suerte de máquina asombrosa. El ser literario es al mismo tiempo de eso estilo. Como una especie de paisajes que se suceden. Arte integrado. El ser literario tiene algunas dificultades, las preguntas dentro de las preguntas. Lo resuelto puede convertirse en interrogación al momento siguiente, o incluso nacer con una pregunta dentro. Un mecanismo es ir zanjando interiormente, aunque esté la pregunta en la pregunta. Pero luego esta decisión puede revelarse apócrifa, porque debe pasar el cedazo de la parresía, de dónde viene esta decisión, se apresura a llegar la pregunta. Las cosas que sentimos tienen una parte de verdad y una parte de condicionamiento, de trauma, de trazado anterior, de imposición, de experiencia pasada, y eso genera una oscilación que hace difícil hasta el vivir con una misma y nadie más. Porque siempre somos dos. Si integro un tercero ya es una gran multitud. Me preguntan en ocasiones si las cosas que escribo suceden en la realidad. La literatura es por definición ficción porque consiste es una serie de elecciones y decisiones que se interponen entre la experiencia y el papel. Es un tema de estilo sobre todo, porque se trata de dar con la palabra que se acerca lo más posible a la emoción y la forma que organiza de la mejor manera la experiencia en su conjunto. A pesar de formar un todo integrado, hay una distancia insalvable entre la experiencia y el texto. Hay una especie de querer convencer, persuadir, inventar una estructura que se pliegue a la experiencia, a lo real de ella, para que exprese su abismo verdadero, no su coraza, y esto es una decisión y una constatación al mismo tiempo. Constatamos qué es lo esencial de la experiencia, y al mismo tiempo decidimos qué es lo esencial de ella para nosotros. En un mismo movimiento están las dos cosas, lo que ella nos dejó inesperadamente, y lo que creemos que debería habernos dejado, creamos esta parte recurriendo al plano completo de nuestra existencia. Conviven ambas cosas, la sorpresa y la convicción de su ubicación en el hábitat de nuestro devenir. Es como que avanzamos con una constelación que nos rodea, y depositamos la experiencia en la línea de planetas para que el conjunto tenga algún sentido. El ser literario es la necesidad de que el sentido le dé armonía al plano completo. Que existir tenga alguna razón de ser. Creo que la principal motivación, en mi caso, es que estar aquí sea entretenido, sobrevivir. Un gran juego mortalmente serio: no hay tantas oportunidades. Yo intento asir el humor y lo irrisorio de todo lo que se nos viene encima, que es bastante. Algo así como que no dejan de llegar cosas. Escribo para contrariar a lo rígido y la velocidad. Escribo porque me siento libre. Para, en un mismo gesto, dejar de lado las imposiciones y simplemente escribir por hacerlo. Cuando se dice pasión creo que se quiere decir que es fuego que habita y se traduce es una necesidad de organizar la realidad en frases, que estructuren este existir sin sentido aparente. Creo que el sentido hay que inventarlo, y que la imaginación es consustancial a este acto. La propia verdad y derechamente inventar un universo propio que nos extraiga de lo más ácido, y que le dé liviandad a la certeza de que cualquier modificación a lo que vivimos toma tiempo. La velocidad nos engaña en eso, nos desconcierta pensando que se precipitarán los resultados, y en realidad estamos inermes ante los ciclos y lo requerido para cada etapa. La rigidez tampoco nos ayuda, y como existir es con baches constantes, la imaginación nos da el significado que precisamos para que no todo parezca columnas de piedra y en cambio puentes y callejuelas. Lugares donde perdernos un poco y olvidar la calidad de absurdo de nuestro conjunto de días. El sentido hay que inventarlo, y de eso se trata, en definitiva, la literatura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario