Los contratiempos a veces toman la forma de tragedias. El año nuevo, incapaz de dejar atrás su apocalipsis, se abalanza sobre una multitud de jóvenes que quieren celebrar la llegada de lo nuevo. Un incendio los silencia. A veces es el fuego el que nos silencia. Tal vez los incendios son símbolos de un presente que arde. De niños que arden, en Gaza o en Suiza, por la voluntad deliberada de un gobernante o por negligencia. La muerte llega igual, de una u otra manera. Ocurre cuando hay cómplices, activos o pasivos. A veces contratiempos se parece a apocalipsis. Sucede cuando no se protege la vida, por ejemplo cuando se elige la derecha extrema, o esta se impone, o se respalda a un gobierno autoritario, o la paz más bien se parece a anhelar dar golpes. La política lo cruza todo. Determina nuestra vida completa. Porque va modelando nuestros comportamientos en masa. Estigmatiza o libera. Entonces criminalizamos conductas para alejar a ciertas personas del poder. El nuevo año nos silencia mediante el fuego. Para mimar el año anterior como un reflejo. Cada niño quemado es una herida que llevamos, por una bomba o un bar en llamas. Todxs nos pertenecen y fluyen por nuestras venas. Todxs son nuestros hijos y nietos dado que no hay separaciones. El dolor se comparte porque las tragedias son universales. Del fuego no se escapa. Creemos escapar pero nos llega. Creemos salvarnos pero nos alcanza. Lloramos nuestros muertos con igual devoción porque la muerte no libera, esclaviza. Nos miramos la cara y tenemos que dar alguna respuesta. Siempre tenemos que obligarnos a dar alguna respuesta. Con el tiempo hemos hilvanado con paciencia la palabra responsabilidad, y es un hallazgo del que no podemos desprendernos. Puesto que desprenderse es perderse. Nosotros nos encontramos. Creímos encontrarnos en el nuevo año y el fuego vuelve a alcanzarnos. Es el año del amor, eso está zanjado, y el amor es con responsabilidad, siempre. El amor es algo concreto. No son palabras en el aire, poesía etérea. El amor son las acciones que nos definen. Puesto que en nuestras definiciones está nuestra fuerza. Lo que hemos acordado, lo que hemos trazado colectivamente. Bengalas y espuma vuelven a traicionarnos. De los contratiempos no nos vamos a librar, ese no es el problema. El hito está en seguir unidos en nuestras definiciones, o transformarlas entre todxs. Pero entre todxs. Porque uno solo o unos pocos es muy solitario. Los cimientos se conversan, se acuerdan, y nunca pueden traspasar ciertos límites. Porque entonces es el apocalipsis. Escaleras pequeñas, puertas escasas. Heridas abiertas que vuelven a abrirse y el nuevo año no es para nada nuevo. El nuevo año trae contratiempos, debido a que son inherentes a la vida pero no todos. Algunos la destruyen derechamente. Como las llamas en un bar. Por eso a las llamas se las detiene, porque acaban con las vidas de todxs, finalmente. El año del amor tiene vocación de apocalipsis, dado que los contratiempos tienen a veces la fuerza de las tragedias, que no distinguen caras ni edades, títulos ni situaciones. El año del amor es intenso porque nos hace caer en cuenta de que algunas diferencias no son tales. En esa humanidad compartida oramos por un presente cercano al amor que nos asombra y lejano al apocalipsis que nos incendia. Que esa humanidad compartida nos lleve a esas nuevas formas de creatividad colectiva. A todxs nuestros muertos los lloramos.
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