Aldito, éramos jóvenes y felices, como la canción de Aznavour, la bohème. Sigo siendo joven y tú suspendido en la nada. Seguirás siendo joven para siempre. A veces estoy más optimista y a veces menos. Lo que no he sido capaz de hacer es materializar la idea de que ya no vas a contestar. ¿Quieres que te diga cómo fue? Te fuiste a Hawaï, pandemia, te aislaste, no tuve noticias de ti, pero esperaba volver a tenerlas. Unos días antes de tu inmersión en el abismo estaba con mi mamá aquí en Lyon, y le dije, estoy contenta porque veo que Aldo subió una foto con su papá, quizá está retomando contacto con el mundo exterior, pero no le voy a escribir nada, voy a esperar que él me escriba. Vi que habías leído una de mis historias y me alegré. Demasiado tarde. Recibí la noticia sentada en un café cuando mi mamá había partido un momento al baño, miré mi teléfono y ahí estaba el mensaje de mi hermano Francisco. Me quedé muda y todo se detuvo. Leí varias veces con atención, para asegurarme que era exactamente eso que estaba leyendo. Me quebré por dentro en mil pedazos. Una sensación difícil de describir. De ahí en adelante entré en un trance como un túnel sombrío. Mi mamá partió de vuelta a Santiago de Chile al día siguiente. Comencé a escribirte como poseída por una fuerza extraña, tenía que dar cuenta de tu fuerza. Salí un día con unos amigos y besé a cualquier extraño sólo para proyectarte en alguien y sentir el contacto físico que esperaba tener de ti y sólo podía hacerse real en el terreno del delirio. No estabas, no eras tú. Hecha un ovillo en mi casa me saqué las tripas llorando, casi me ahogo. Llamé a un par de personas que pensé que podían entenderme. Uno me contestó y el otro no. Nada servía. Lo definitivo tiene contornos estáticos como muros. A la semana siguiente conocí a Jorge Drexler en una fiesta. Estaba segura que tú lo habías mandado. Conversamos, bailamos, nos besamos, y tuve la certeza de que la vida podía recomenzar. De que la intensidad de existir seguiría desgarrándome para siempre. Caí en cuenta de que amaba la vida más que nada en el mundo, y que tu partida era el testigo absoluto de que el presente es todo. Cualquier nostalgia es inútil. Yo sé que estás pensando eso, sé que estás diciéndome todo el tiempo, Andrea, haz lo que tienes que hacer, recuérdame con cariño, pero no pierdas tiempo, recuérdame con alegría, de todos los desvaríos de los que nos reíamos, recuerda las conversaciones, pero sigue firme, escribe, exprime la realidad antes de que sea demasiado tarde. Nada es tan injusto como tener que seguir hablando sola, temas que debería estar conversando contigo. Eras un faro que un día se apagó. La soledad a veces significa que la luz del horizonte ya no te guía y tienes que trazar los caminos sola. Da vértigo. Pero sé que se puede. Lo he venido haciendo desde el principio, desde que me fui de ese país de la gran cordillera hace diez años.
Fuimos jóvenes y felices. Hubo momentos duros también. Muy duros. Nuestra relación partió de la peor manera posible. Eras amigo de mi enamorado, alguien a quien yo quería mucho, y seguí queriendo mucho tiempo después. Antes de dar cualquier paso terminé mi relación para separar las cosas. Pero no había manera de que nuestro encuentro fuera pacífico. Era algo explosivo y además en aquellos años la condena social fue impresionante. Anna Karenina era un reflejo pálido de nuestra historia. Yo tenía veintitrés y tú veintidós años. Qué raras eran las cosas antes. Estoy consciente, sin embargo, del dolor que causamos. Esto debería hablarlo contigo ahora, y ya no estás. Puedo decirte que no me arrepiento de nada. Volvería a hacer todo exactamente igual. Sí pienso que esto nos jugó en contra hacia adelante. También creo que se puede perfectamente estar enamorada de dos personas y me alegro infinitamente que los tiempos hayan cambiado. Lo inútil es que es muy tarde para decírtelo. Pero todas esas cosas tú ya las sabías. Siempre ibas un paso más adelante. Cuando la relación con mi enamorado terminó de manera definitiva años después, pudimos reencontrarnos. Pero nuestro encuentro quedó desde el primer momento grabado con el sello de la tragedia. La más alta felicidad y el caos completo. Estoy enojada con tu partida porque cada etapa de la vida es distinta y ahora cómo compartirte mis descubrimientos. Yo quería saber de tu vida para siempre, seguir admirándote, asombrándome con cada uno de tus pasos y expediciones por la realidad y sus bordes. Eras la inmersión total en la existencia. En pocas ocasiones me he sentido tan viva como en cada ocasión que estaba contigo. Eras la punta más alta de la cordillera. Un estado absoluto de pasión y felicidad extrema. Algo indescriptible. Una explosión constante. No es tan raro si lo pienso que hayas partido. Ese estado absoluto es difícil de mantener. Yo vivo en él pero tiene sus costos. Cada día es la certeza del hechizo eterno. La activación total de todos los sentidos. El deseo de profundizar tanto en la existencia que esta acabe contigo. La necesidad de desafiarla hasta que te muestre los dientes, hasta que se entregue a ti como un amante enloquecido. Somos dos estrellas fugaces que nos encontramos y lo destruimos todo, y lo creamos todo. Delineamos una estela en el cielo que sigue surcando el vacío. Sigue explorando el paraíso y sus confines más ocultos. Vaciarse entero para alcanzar el milagro. Entregamos todo lo que éramos. Sin ningún tipo de límite. La euforia perfecta que da sentido a existir. Aparte de un par de personas nadie me ha atraído físicamente como lo hacías tú. Era un tornado sin principio ni final. Un atardecer que se mantiene en un punto sublime sin desintegrarse. Por eso debe ser tan extraña la partida de tu cuerpo. Esa energía queda alojada en el aire ahora. Tengo que dirigirla hacia algún lado. La convertí en literatura. Es lo que mejor sé hacer. Sé que te habría gustado leer lo que te escribo. Si estuvieras vivo te escribiría en la piel. Redactaría para ti además cartas que acabarían con tus atardeceres apacibles. Nada nunca fue tranquilo entre nosotros dos. Como si hubiésemos sabido que ibas a abandonarme un buen día. He vivido contigo los más grandes contrastes. Eres el sentimiento absoluto. La condensación de todas las emociones posibles.
Estoy muy agradecida porque tu mamá compartió conmigo sus palabras, lo cual me honra y me emociona. Las comparto contigo, porque como sabes, te pertenecen, igual como te pertenece para siempre una parte de mi alma, la que sabe que la vida es absoluta y de una intensidad completa. Te las anoto aquí para que puedas leerlas:
Hola Andrea. Esta es mi respuesta al Aldo II. El día siguiente a la noticia.
Me quedé varada en Lima. Salí corriendo, me subí al primer avión posible y no pensé en el PCR. Segunda vez que me sucede, la primera vez me sostuviste tú a lo lejos mientras volvía a Los Ángeles desde tu casa en Honolulu para hacerme la prueba. Estaba muy cansada después de 3 días de viaje, pero dichosa a la vez porque volvería para estar contigo dos semanas, que se convirtieron en tres, mis últimos recuerdos atesorados. Y me mandaste de regalo un masaje con una tailandesa en Santa Mónica. A quién se le ocurre, sólo a ti, un masaje gestionado remotamente para que me sintiera nuevamente con fuerza. Esta vez, en Lima, no estás para acompañarme. Creí ver, con el rabillo del ojo, un punto luminoso en altura adelante a mi izquierda y me dije que tal vez eras tú. Estaba desorientada, incrédula, soy una madre sufriendo por llegar a buscar a su hijo que está solo en un lugar extraño, sin alguien que lo pueda rescatar y me detienen aquí, como odio este aeropuerto, recorro los lugares que me indican en busca de un puesto para chequearme, hago las filas, pero no los encuentro, estoy perdida y el avión se va sin mí.
Es medianoche en Lima y me traslado a un Hotel para esperar el vuelo del día siguiente. No tengo sueño, organizo que me envíen una persona a la habitación para la toma de muestra. No puedo parar de llorar y sigo confundida, tengo miedo de escribir mal mi correo y no recibir los resultados. El examen me lo toma una mujer joven que empatiza conmigo contándome la historia de su hijo de 8 años que casi muere. Lleva tatuado su nombre en el brazo y pienso que yo también me tatuaré el nombre de Aldo, escrito con su letra tan particular.
Hablo con Pablo y acordamos encontrarnos para abordar juntos el vuelo al día siguiente.
Llego temprano al aeropuerto y me dirijo a la zona de embarque. Pasan lentas las horas, recorro el interior y compro tres pares de zapatillas tejidas en lana de alpaca, para el vuelo. Para Pablo, Coté y también para mí. Me instalo a esperar que me llamen para mostrar, por fin, mi PCR y creo que vuelvo a ver ese punto luminoso que en algo me tranquiliza. Pablo no aparece aún.
Siento las primeras oleadas de dolor que me acompañarán por meses. Es como si una ola del mar reventara en mi espalda y me atravesara para salir por delante a la altura de mi pecho mientras mi cuerpo se deforma como una esponja y se resiste al movimiento. Y siento el sabor de la sal que se mezcla con el sabor de mis lágrimas y lloro fuerte y aúllo sin importar que me miren porque tengo derecho a estar así, desgarrada. No se le puede quitar un hijo a una madre. ¿Por qué te fuiste y no me llevaste contigo?
Tú me cambiaste a una persona nueva cuando llegaste a mi vida, a partir de ti me hice otra para acogerte y luego pude acoger a tus hermanos porque mi corazón se hizo gigante y ahora, ¿me cambias de nuevo? ¿En qué me convertiré?, ¿en qué me quieres transformar?
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