6 de noviembre de 2021

41 (segunda parte)

Hoy salí temprano a buscar nuevamente el 41 entre el rojo el amarillo y el café. No lo encontré, pero di con algo probablemente más interesante: un mazo de cartas incompleto desparramado entre las hojas. Un ocho de trébol por aquí, un siete de corazones por allá. Mitad escondidos, mitad asomados. Un poco más allá el rey de diamantes y así. Unas cartas a la deriva intentando componer escaleras imposibles. Observé con detenimiento el fenómeno. El azar es nuestro amigo más íntimo pero esto ya es demasiado. Encontrarlo directamente. Por qué alguien abandonaría una parte de su baraja de naipes de a grupos en la acera para dejarlos enredarse con las hojas caídas. No había cincos ni dos ni cuatros (unos sí, indicados con el número, y no con la letra A). En definitiva el asunto iba desde el siete hasta el as, pero sin orden ni concierto, tan pronto aparecía una reina –indicada con una d en este caso de dame- y luego un diez o un nueve o una jota –indicada con la v de valet en esta oportunidad dado el lugar geográfico-. Cuando era niña, en los veranos, además del paco-ladrón y el club del árbol, jugábamos extensas jornadas de Canasta, noches en vela componiendo la seguidilla de siete cartas iguales que nos daba la victoria o se la daba al equipo contrario. Era más que un juego, eran torneos muy serios. Igual de serio que encontrar una sucesión de cartas perdidas y abandonadas a su suerte en los cúmulos de hojas otoñales esperando desintegrarse o ser eventualmente recogidos –lamentablemente sobre todo la segunda opción-. Pero, ya sabemos que existir tiene eso de poder encontrarse con eventos inesperados y singulares. Para qué apresurar conclusiones. Además a veces es sólo eso, el azar actuando firme. Por ejemplo cuando vivía en Barcelona iba un día por la acera distraída, y se me acerca una persona y me pregunta si conozco por casualidad la calle Pomaret, Carrer de Pomaret, una pequeña calle que efectivamente conozco porque acabo de verificar donde está antes de la aparición del desconocido porque voy hacia allá. En aquella verificación me percato que Carrer de Pomaret queda a un sinfín de cuadras de donde estoy, por ejemplo quince o veinte, muy lejos. Le contesto, por lo tanto, que sí, que creo saber dónde se encuentra porque es adonde me dirijo. A continuación me pregunta entonces si puede caminar conmigo, le digo que sin problema, y extrae de su bolsillo una hoja de papel con una dirección anotada, la cual observo al mismo tiempo que él me indica el número al cual se dirige, que es el mismo al que yo voy: el 30. Se lo hago saber. Vaya, qué coincidencia, me dice. Comienza a llover, le presto un pedazo de mi paraguas. De la conversación, creo recordar que era fotógrafo, y que venía llegando de vivir varios años en Berlín. Cuando llegamos finalmente al lugar me indica que va a esperar afuera porque su cita es las 17h. La mía también. ¿En serio? Tomemos un café, me propone. Luego del café continuamos la conversación en la sala de espera y me pregunta si podemos intercambiar correos. A continuación nos despedimos y cada uno acude a su cita. La conversación acaba ahí porque no hay un intercambio epistolar posterior. ¿Para qué? Un simple y bello momento de azar, como encontrar una baraja de naipes confundida entre las hojas amontonadas a la guisa del viento esperando la lluvia. Buscar a los 41 me ha traído nuevos descubrimientos. Esperar en movimiento tiene la gracia de ir al encuentro del azar. Y la eventualidad de lo desconocido es lo que posibilita la literatura. 


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