Belle, lleva su nombre por la Belle et la Bête de Jean Cocteau. En este caso, ella es bella, como Josette Day, y probablemente nosotros seamos como Jean Marais: los bestias.
Belle, como la llamamos con cariño, es su nombre artístico, porque en realidad se llama Belle Simone Saxophone. Las explicaciones sobran. Lo del saxo se debe a nuestra inclinación por el jazz, y en particular al instrumento predilecto que toca su padre.
El padre de Belle se ocupa de ella en la semana, como bien lo amerita la custodia compartida. Sucede lo siguiente: el cuarto propio se vuelve un torbellino cuando Belle lo habita. Gusta de escalar y de correr para todos lados. Con seguridad la tinta se desparramaría sobre la hoja a la primera de cambio. Las palabras se mezclarían todas y ya no habría quien las podría hacer volver a su puesto. Por esto los fines de semana de lectura y cine, son perfectos para compartir en familia con Belle y su usual entusiasmo. Los bestias (nosotros) nos ocupamos a mirarla por horas mientras ataja los calcetines que le arrojamos y los cuales trae de vuelta con un espíritu tenaz, saltando de un lado a otro concentrada, con cara de ardilla, tropezándose a veces con el otro extremo del calcetín que le queda entre los pies. El juego podría durar, literalmente, horas. Generalmente, nos vemos obligados a interrumpirlo: tirar calcetines a un gato tiene su gracia pero ya basta. Ella no se da por aludida en un comienzo y espera atenta el próximo. Hasta que se da cuenta de la noticia triste: se acabó el juego. Porque siempre quisiéramos que siga, ¿no? Así las cosas, Belle aprendió rápido los sinsabores del devenir. Pero a ella, en el fondo, las imposiciones le importan un comino. Va al armario y continúa trayendo, uno a uno, todos los calcetines que encuentra dentro. Los del armario suelen estar ordenados de a pares, dos bien juntos, formando una pequeña pelota. Esos también los trae. No hace diferencia entre los dos juntos con forma de pelota y los calcetines independientes, o independizados. Todos sirven para el juego. Aunque a esas alturas ya no sea tan entretenido porque las bestias no le arrojan ninguno. En definitiva, luego de un rato juega sola. Lo cual es totalmente posible e igualmente divertido, según lo que se ve de su vaivén alegre. El movimiento de sus escápulas que hechiza. Belle aprendió pronto, por lo tanto, un segundo asunto muy trascendente: es tan entretenido jugar sola.
Bien, volvamos al cuarto propio. Un primero de febrero, tomé todos mis libros y los instalé en improvisadas repisas en un departamento en la ciudad de Lyon. De eso, dos años. La modalidad de casas separadas es el sueño de la escritora. La vida le habla directamente al oído. Y lo que escucha, a veces como un susurro, a veces en sordina, a veces fuerte como un grito, puede ser adherido al papel y quedarse ahí: magia. No, no es magia. Es gatillar la música y dejarla que se repita una y otra vez como una canción en bucle hasta el hartazgo y de tanto repetir sale la expresión en forma de sugerencia vital. De tanto preguntarle y preguntarle a las autoras y los autores terminan contestando. Eso sí que parece magia. Hasta muertos hablan. Porque sus líneas despiertan, al contacto con el alma fascinada y en necesidad de comprender. A fuerza de comentarles cuánta verdad han traído a este lugar terminan por responder eso que no se ve a simple vista.
Y Belle me espera con alegría el sábado, ávida de noticias de todos los juegos posibles.
Simone de Beauvoir dijo que la primera virtud de una escritora o escritor debe ser la sinceridad sin miedo. Quien se cree importante, ya sea que finja despreciar a las personas o reclame su reverencia: es que no se atreve a acercarse a ellas en pie de igualdad.
Los escritores son como los gatos, quieren que el juego dure para siempre. Los escritores importantes son como las bestias, quieren que el juego no sea juego. La literatura probablemente sea sinceramente un juego. Un juego donde hay que agarrar el calcetín que vuela por el aire, sin miedo y traerlo de vuelta.
No sé si hay que escuchar a los escritores, pero sí a los gatos. Probablemente Belle tenga razón, y siendo nosotros las bestias, debamos atrevernos a tratarlas en pie de igualdad.
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