La existencia se
balanceaba, como suele hacerlo. De un lado a otro. Meteoritos que siempre
llegan, trayendo sorpresas, trayendo emoción, trayendo desazón. Siempre tan
conectados con la muerte, está tan presente, por todos lados. Haciéndonos conscientes
de nuestra fugacidad. De ese afán de fuga que tiene la vida. Siempre intentando
irse. Para darnos la noción clara de que el estar aquí tiene condiciones. Limitaciones.
Que tan pronto nacemos se nos muestra disponible un cierto tiempo que además es
incierto. Esa incerteza es la que cala los huesos, la que tempera el ánimo. La que
hace del pasar una alegría, algo lleno de movimiento y descubrimientos. Algo lleno
de sorpresas.
Ahí estábamos,
buscándole sentido a todo esto. Y sin preguntarle a nadie:
Llegó Margarita.
Y todo se detuvo.
Para luego acompasarse a ese bello movimiento que es la vida. Pero ya nada es
igual. Porque ella está aquí. Porque ella quiere ser feliz sin saberlo. Quiere existir
solamente. Quiere estar calentita, arropada, junto a los suyos, dormir, comer,
quiere jugar con su hermana, quiere que la existencia sea algo celeste. Y ahí
tan tranquila está, y nosotros la admiramos. Es un milagro. Está llena de vida
y es tan bonita. Es mágica. Tiene la cualidad de los seres del bosque,
pequeñita, sagrada. Es un llamado de atención que no se piensa, se siente.
Margarita está aquí y ya nada es igual. Porque ella está aquí. Porque el
universo a veces nos bendice y nos trae un regalo como ella. Algo perfecto
junto a toda la perfección disponible. Una perfección frágil y hermosa. Una perfección
que no es tal porque es tan pequeñita y grande al mismo tiempo. Una fuente de
vida y de belleza. La alegría en su máxima expresión. Ella está aquí y nosotros
queremos cuidarla. Queremos que sea feliz. Queremos darle toda esa paz que
tenemos. Todo el amor que conocemos. Todo el amor que otros nos han dado. Todo el
amor que sentimos. Lo dejamos junto a su cuna. Para que ella vaya tomándolo a
medida que su alma estime conveniente.
Un niño es la
posibilidad de ver la libertad. Un niño es la libertad misma. Es el presente de
una promesa de paraíso. De pompas de jabón que flotan en un cielo despejado. Algo
liviano, etéreo, algo suave, aéreo. Una fuerza capaz de derrocar cualquier contradicción.
Algo puro, como lo que sentimos conversando con alguien sin frenos. Quizá no
conocía amor así. Pero no tiene límites. Agustina y Margarita son estrellas. Son
ojos en el corazón que lo hacen todo más bonito. Es el amor sin demarcaciones. Es
la posibilidad de olvidarse de todo. Y entregarse. A esa inocencia sagrada. A
esa posibilidad de reír sin límites. A un mundo fantástico plagado de belleza. De
originalidad. Un mundo lleno de entusiasmo. Lleno de sorpresas. Un mundo lleno
de inteligencia bondadosa, la verdadera inteligencia. Lleno de ingenio. Un mundo
marcado por la improvisación y la intuición. Un gozo sin final.
Margarita,
bienvenida a este mundo. Agustina y Margarita, que la tierra sea benevolente
con estos dos diamantes que quieren estar aquí en armonía. Agustina y
Margarita, la existencia se reverencia ante tal regalo, la existencia agradece
estas piedras preciosas interrumpiendo el ciclo, la vida, amiga íntima de la
muerte, se pone en acción para dejarlas florecer. Agustina y Margarita, estamos
aquí para ustedes. Que empiece la fiesta. Que el baile y el canto no nos
abandonen nunca. Que la fuerza de nuestras abuelas llegue también a estos dos
tesoros, que tuvimos la suerte de encontrar bajo un árbol frondoso, exuberante
y tan sereno. Que ese amor que recibimos siga hasta ustedes, en una línea de
belleza y de fuerza que todo lo puede colorear. Agustina y Margarita, gracias
por venir, todo es tanto más entretenido. No hay límites.
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