Estoy en mi terraza. No me llega el sol
pero lo veo enfrente. Al principio lamentaba que no llegara a mi balcón amado.
Pero ahora me gusta, porque me recuerda que tengo que salir a buscarlo. Que
está tan cerca. Unos acordes, unas calles y puedo encontrarlo. Tal vez, es que
lo llevo dentro. Y siempre está conmigo. Por eso no me hace falta. Y por eso
salgo a buscarlo, con una sensación muy parecida a la felicidad. Sólo quiero
agradecer. Dar. Inspirar y elevarme. Olvidarlo todo. Y recordar que el sol me
constituye. Que sus rayos y su calor se filtran por mis poros. Que no habrá
final a la vida librada de sucedáneos. Que los pájaros vuelan y encuentran el
calor. Que todo está provisto de un sentido. Y que la existencia es en realidad
un oasis en el que podemos quedarnos. Hasta que las nubes surjan, para volver a
desaparecer. Y así, saber que estamos vivos y que el paraíso no tendrá final.
Sólo existe. Sólo hay que verlo. Reír, mientras los rayos muestren un camino. Asirlo,
con determinación, con inocencia, y la existencia hará su parte.