La perfección es un estado de ánimo. Tan pronto llega como tan pronto
se va. Miramos esa playa, ese mar de agua turquesa, esa arena blanca, palmeras.
O sin palmeras, incluso así: perfección. La vista es perfecta. Puede o no estar
acompañada de un estado de ánimo perfecto, que vendría a ser la sensación de
perfección, que no es lo mismo, pero para estos efectos suelen confundirse. Por
supuesto, dura poco, sea la sensación o el estado de ánimo. El paisaje sigue
ahí, la sensación parte, luego de quedarse un momento. De qué está fabricada. Pues
depende. Suele estar asociada al presente. Eso significa que no entran
demasiados aspectos de la existencia. Está el mar ahí, es todo. Y es el Caribe.
Echamos mano en ese mismo instante a dos o tres puntos importantes del estado
actual del arte o nuestra propia vida, para combinarlos con esas pequeñas olas verde
azul, o azul celeste y verde claro, o el color que el sol decida, puesto que lo
va cambiando a su designio. Si el estado del arte se sostiene, aunque sea por
un par de pinzas de ropa, ese azul verdoso puede hacer su parte y rellenar el
resto. Mallarmé nos invita a viajar. Según Bolaño, porque para Mallarmé es un
antídoto. ¿A qué? A nuestros actos y a nuestro lenguaje enfermo. Entonces,
mientras buscamos la medicina adecuada, tenemos que seguir transitando por los
viajes, el sexo, los libros. O justamente ese transitar es donde podremos
encontrarla. Claro. Una solución, pongámoslo así. Es lo que dice Mallarmé. O lo
que Bolaño dice que Mallarmé quiso decir. Aunque sepamos que nos llevan al
abismo, las actividades esas, como diría Baudelaire, a caer, a la muerte. Pues bien,
el antídoto estaría en lo no conocido ni descubierto. Lo que debemos ir a
buscar, lo nuevo. Buscar ese estado de ánimo perfecto. O lograrlo. Fabricarlo.
Eso ya no lo dice Mallarmé. Quizá lo pensó. Porque no llega así no más con ese
mar Caribe en frente. Por la ventana de un faro ver a esas olas. No, señor, no
llega así no más. Esos dos o tres puntos a los que llamamos, evocamos, mientras
miramos por esa ventana, pequeña abertura en el cemento, tienen que
acompañarnos, esto es, sostenerse, soportar el peso de las circunstancias. Algo
así como que las excusas no sirven. Excusas, excusas. Si el abismo
cielo-infierno no da señales de vida, no hay paraísos, ni olas que valgan.
Muchísimo viento. De qué está hecho ese espacio a rellenar, de pequeños días
muy cerca unos de otros, en que el reloj nos recuerda que cada instante que va
pasando, esos segundos que pasaron los hemos empleado en algo, los estamos
empleando en algo ahora mismo. De qué sirve querer viajar, leer libros, tener
sexo, más adelante. Quiero decir, de qué sirve trabajar de sol a sol para un
día viajar, tener sexo, leer libros. Un día. Que se aplaza. Esa sensación de
perfección, impulsada por ese océano que resplandece, debe estar muy próxima a
que viajamos, leemos libros y tenemos sexo. Hoy. Que vendría a ser algo así como
que lo que hacemos en nuestra jornada, ese nombre emplearemos, los segundos
disponibles, en definitiva, nuestra aglomeración de años vacantes, se parezca a
leer libros, tener sexo y viajar. Como si fuera lo mismo. Aunque no sea lo
mismo. Volvemos a las sensaciones. La sensación de nuestro día es como si
viajáramos, todo el tiempo, y tuviéramos sexo continuamente, y leyéramos miles
de libros. Pues bien, no hay tiempo que perder. O, más bien, perdamos el
tiempo. O qué importa el tiempo, en realidad. Sólo usarlo para tener conciencia
que va a acabarse. Ahí sí lo tomamos en cuenta. Y luego lo olvidamos. Y rellenamos
el presente con esa sensación de paisaje inspirador. Admirar el paisaje. Por horas.
Muchas tonalidades de verde, de azul. El movimiento de las olas, la marea, la
arena con el agua, diversos matices, texturas. Gaviotas. U otros. Tortugas
marinas. Y viajes. Y sexo. Y libros.
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