22 de abril de 2017

El mar Caribe y la perfección

La perfección es un estado de ánimo. Tan pronto llega como tan pronto se va. Miramos esa playa, ese mar de agua turquesa, esa arena blanca, palmeras. O sin palmeras, incluso así: perfección. La vista es perfecta. Puede o no estar acompañada de un estado de ánimo perfecto, que vendría a ser la sensación de perfección, que no es lo mismo, pero para estos efectos suelen confundirse. Por supuesto, dura poco, sea la sensación o el estado de ánimo. El paisaje sigue ahí, la sensación parte, luego de quedarse un momento. De qué está fabricada. Pues depende. Suele estar asociada al presente. Eso significa que no entran demasiados aspectos de la existencia. Está el mar ahí, es todo. Y es el Caribe. Echamos mano en ese mismo instante a dos o tres puntos importantes del estado actual del arte o nuestra propia vida, para combinarlos con esas pequeñas olas verde azul, o azul celeste y verde claro, o el color que el sol decida, puesto que lo va cambiando a su designio. Si el estado del arte se sostiene, aunque sea por un par de pinzas de ropa, ese azul verdoso puede hacer su parte y rellenar el resto. Mallarmé nos invita a viajar. Según Bolaño, porque para Mallarmé es un antídoto. ¿A qué? A nuestros actos y a nuestro lenguaje enfermo. Entonces, mientras buscamos la medicina adecuada, tenemos que seguir transitando por los viajes, el sexo, los libros. O justamente ese transitar es donde podremos encontrarla. Claro. Una solución, pongámoslo así. Es lo que dice Mallarmé. O lo que Bolaño dice que Mallarmé quiso decir. Aunque sepamos que nos llevan al abismo, las actividades esas, como diría Baudelaire, a caer, a la muerte. Pues bien, el antídoto estaría en lo no conocido ni descubierto. Lo que debemos ir a buscar, lo nuevo. Buscar ese estado de ánimo perfecto. O lograrlo. Fabricarlo. Eso ya no lo dice Mallarmé. Quizá lo pensó. Porque no llega así no más con ese mar Caribe en frente. Por la ventana de un faro ver a esas olas. No, señor, no llega así no más. Esos dos o tres puntos a los que llamamos, evocamos, mientras miramos por esa ventana, pequeña abertura en el cemento, tienen que acompañarnos, esto es, sostenerse, soportar el peso de las circunstancias. Algo así como que las excusas no sirven. Excusas, excusas. Si el abismo cielo-infierno no da señales de vida, no hay paraísos, ni olas que valgan. Muchísimo viento. De qué está hecho ese espacio a rellenar, de pequeños días muy cerca unos de otros, en que el reloj nos recuerda que cada instante que va pasando, esos segundos que pasaron los hemos empleado en algo, los estamos empleando en algo ahora mismo. De qué sirve querer viajar, leer libros, tener sexo, más adelante. Quiero decir, de qué sirve trabajar de sol a sol para un día viajar, tener sexo, leer libros. Un día. Que se aplaza. Esa sensación de perfección, impulsada por ese océano que resplandece, debe estar muy próxima a que viajamos, leemos libros y tenemos sexo. Hoy. Que vendría a ser algo así como que lo que hacemos en nuestra jornada, ese nombre emplearemos, los segundos disponibles, en definitiva, nuestra aglomeración de años vacantes, se parezca a leer libros, tener sexo y viajar. Como si fuera lo mismo. Aunque no sea lo mismo. Volvemos a las sensaciones. La sensación de nuestro día es como si viajáramos, todo el tiempo, y tuviéramos sexo continuamente, y leyéramos miles de libros. Pues bien, no hay tiempo que perder. O, más bien, perdamos el tiempo. O qué importa el tiempo, en realidad. Sólo usarlo para tener conciencia que va a acabarse. Ahí sí lo tomamos en cuenta. Y luego lo olvidamos. Y rellenamos el presente con esa sensación de paisaje inspirador. Admirar el paisaje. Por horas. Muchas tonalidades de verde, de azul. El movimiento de las olas, la marea, la arena con el agua, diversos matices, texturas. Gaviotas. U otros. Tortugas marinas. Y viajes. Y sexo. Y libros.



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