¿Dónde
estaba ahora mi cabeza? Siempre perdida en las divagaciones, me hacía
consciente de las líneas que estaba leyendo, del placer que me producía la
buena literatura, de mi constatación de un futuro con ambiciones difíciles, en
definitiva, de un universo tan amado, pero casi inalcanzable. Me veía en mi
justa dimensión y humildad, una pequeña hormiga perdida en las páginas de
Rayuela. ¿Cómo podía proponerme escribir habiendo reencontrado ese paraíso
elevado de mil figuras en una, de gozo, de arte, cuasi perfección…? todo
parecía en vano, y la realidad y la posibilidad de expresarse por unas palabras
parecía de pronto un interés tan utópico como estúpido, o al menos ingenuo, por
decir algún apelativo amoroso y condescendiente. Me embarqué en un delirio de
esos sin final, dejaría a Cortázar poseerme, leería un millar de libros, le
rogaría un ápice de piedad, de comprensión, la posibilidad de poder redactar un
par de escritos que llevaran su nombre, le tiraría la oreja para despertarlo,
decirle que aún vive, que quizá esos huesos son aún algo, me arrodillaría ante
su mirada, suplicándole unas imágenes que me iluminen como dándome una gracia
divina, un don que me lleve por las calles como volando, pero lentamente para
apreciar todos los detalles del paseo, con una breve parada en el Rhône, de
esas que dan energías fulminantes y al mismo tiempo pacíficas, lo miraría
fijamente, con lágrimas en los ojos, para decirle que no hay nada más
importante en esta existencia, le mentiría diciéndole que no me importa tanto,
le vomitaría todas esas ganas de tirarme a ese río aunque eso signifique la
locura desatada, le vendería mi alma, porque no veo que haya nada más útil e importante.
Le susurraría al oído una melodía que quizá exista en mí, que quizá lo vuelva
loco a él también, le diría que podríamos habernos conocido, que siempre soñé
con ese encuentro, en las calles de una Francia que veía tan lejana, que ahora
veo más de cerca aunque todavía no entienda nada. Más perdida que el teniente
Bello, pero con una intuición de un destino cierto, las llaves de la dicha, y
un destino incierto, pero cubierto de flores, aunque a veces cerradas. Le
preguntaría si es posible otra oportunidad, le preguntaría cuántas tuvo él, le
diría que puede decírmelo todo, que me sentaré a escucharlo aunque sea por
décadas, pero me interesa todo, que su corazón tiene tanto valor como la que él
creyó tenía su mente, le diría que cada una de sus palabras me hacen llorar de
emoción, le diría que la vida es una montaña rusa que a veces llega tan, pero
tan alto, le diría que se fue sin conocernos, que no me dio esa oportunidad, le
diría que estoy segura que nos habríamos entendido bien, le diría que aquí en
Lyon también recuerdo tantas de sus líneas, que justo ahora veo que sale el sol
en este invierno menos frío que otros vividos en esta ciudad, que el sol
siempre termina por salir aunque luego parezca como que nunca, realmente nunca
ha salido, y todo parezca como un sueño que acaba al despertar, y le diría que
debe reencarnarse, que tiene el deber de reencarnarse, y que nos daremos cita
al lado del gran río, y que un par de cervezas cambiaran el curso de la
historia, la pequeña historia de dos vidas, dos pequeños peces que pasan por el
río, pero pasan al fin, pero pasan, pero se encuentran, pero no es necesario
mucho más, sólo que sepa que nos encontraremos, que estamos siempre
encontrándonos, que nos súper encontramos una y otra vez, que no nos detenemos
de encontrarnos, que va conmigo, que yo casi ni existo, porque he dejado
espacio para que me posea, para que baile conmigo en ese baile eterno que
despliego por las calles, con esa sonrisa de saberme pez perdido nadando en el
río, pero con un pez dentro que se llama Julio, pero me guía de esquina a
esquina, aunque luego llegue al campo, al bosque y al silencio, y la calma
parezca el despertar de un otrora sueño de grandeza, pero que permanece,
pequeño, pero universal y lleno de verdad. Un puente a la otra vida, a la vida
de verdad, la que vivo cuando estoy entre tus líneas, la que vivo cuando me
tomas en tus brazos, la que vivo cuando puedo ser esas líneas y olvidar que hay
un mañana, la que me inyecta aún más vida, y evita que ruede colina abajo. Dame
más líneas, porque haré de ellas una existencia, porque me darán tantos
atardeceres mágicos, porque una sola vida no es suficiente, porque nunca hay
mundo suficiente, porque si tengo que vivir, quiero que sea contigo, aunque lo
invadas todo, aunque los colores cambien, aunque tu nombre se llame existencia
entera, aunque luego tenga que dejarte descansar, y partir por mí misma, liberándome
como siempre con ese gozo de volar que da miedo a veces porque luego caes o
puedes caer, o puedes volar, o caer y volar, y partir, y quedarse, como
siempre, con tu libros, Cortázar, con tu magia, con tu belleza, que está tan
lejos, pero me ayudará a seguir, siempre que haga falta, aunque luego me haga
llorar, y sabré, una vez más, que escribir tiene una parte de tristeza, una
parte de realidad, una porción de desaliento, por tanto sentimiento profundo y
desesperado, por la apropiación del dolor del otro, por la constatación de la
complejidad existencial del mundo subterráneo, oculto, ese que no se dice, ese
mundo mudo, que todos cargamos, en silencio, pero que determina nuestra
verdadera vida. Ven ahora, Cortázar, ven a estas calles soleadas, ven a estas
grandes avenidas invernales, ven a estas pequeñas callejuelas llenas de nada, a
dármelo todo, a conversar un momento conmigo, toda una vida, todo lo que pueda
durar, hasta que me digas que es necesario pasar a otra cosa.


No hay comentarios:
Publicar un comentario