25 de agosto de 2015

Bloomsbury, y Virginia a mi lado

No hay quietud posible. En Londres en un momento hay sol y luego al momento siguiente una gran lluvia con su boca innumerable. ¿Quién dijo que el río era apacible? Que se identifique. Dónde están todos esos embusteros. ¿Quién sobrevive a los embistes sin consecuencias? Tal como el clima, los cincuenta escenarios posibles que se presentan uno tras otro casi tocándose la espalda no cesan de llevarme sin clemencia por los aires hasta el suelo y viceversa. Ahora entiendo perfectamente el viaje cotidiano por los diversos parajes etéreos de Virginia Woolf. Ella que vivía tan cerca de aquí, a unas casas de distancia. Atrapada en estas nubes indecisas, con un sentimiento de pérdida constante, de algo que se va, que probablemente sea la existencia que va pasando, pero se queda porque no hay algo mejor en que emplearla porque es eso justamente, presente inquietante. Si hubiese un grupo de Bloomsbury que me acogiera para interpelarlos por tal blancura del cielo. ¿!Por qué?! ¿!Por qué?! Les diría. Al menos sabrían que ese gris aplastante también llega al coraje de otros, que esos otros son también ellos mismos, todos, juntos, o solos, sobretodo solos, como Virginia. He querido hablar con ella tantas veces. He querido alejarme de ella tantas veces. Pero el llamado es fuerte. No importa el gris. Porque hay pequeñas grietas de luminosidad, que se expande si las palabras logran expresar ese gozo de vivir tan acompañado de vacío. Esa completitud del planeta, y esa desazón incierta sin explicación pero tan descorazonada. Y vuelvo a llamarla, y la entiendo tanto, esas palabras cambian el color de las horas, destruyen el gris y soplan las nubes, como si fuera posible. La ventana a mi lado me anuncia los cinco minutos de cielo azul. Entonces aprovecho pronto de decirte que ya no hay vuelta atrás, que podré sobrellevarlo todo, pero ese azul es tan incierto como la certeza de Virginia respecto a las ganas de seguir. La llamo por su nombre, como queriéndola acercar a mi mesa. La invito a sentarse. Puedo verla, toma forma, quizá está ahí realmente, su mesa estaba tan cerca de la mía que no es mía pero me acoge en este instante, y Virginia sonríe, y no necesito nada más, sólo saber que los momentos de azul son suficientes, aunque ella no lo haya sabido, aunque ella haya dudado, yo lo sé, y a veces no lo he sabido-sabré, y a veces he dudado-dudaré. Las palabras son tan plásticas y malditas, y elásticas y sabias, y tan llenas de verdad y de vida, entonces Virginia reposa su mentón sobre la palma de su mano y posa su codo sobre la mesa, y ya sé por qué siempre la he querido tanto, porque está tan cerca, aunque no sé nada de ella, es tan yo, aunque nunca en la existencia fue tan ni siquiera un poco yo, pero no importa, porque sus nubes me acechan, y sus descubrimientos me deslumbran y no pueden dejarme indiferente, y en un espacio de unos instantes siento un destello de esperanza totalmente certero y la sospecha de un incierto destino desdichado que no dura más que unos segundos. Le preparo un té y la veo lejana, no puedo alcanzarla, porque nadie puede alcanzarla, porque la conexión está tan llena de fisuras, que ese intersticio donde te encuentras con un otro que incluso a veces es tú mismo se desvanece al llamado de Virginia donde solo hay silencio, donde las palabras existen, pero nunca, o casi nunca tienen las respuestas, sólo la manera de agruparse para describir eso que nunca llega o que está por llegar y quizá va a llegar pero cuando llega parece que nunca ha llegado o que siempre estuvo. Sí, es confuso y contradictorio, ella lo entiende, y ella vivía a unas casas de aquí bajo este cielo gris-blanco-azul-gris-blanco-azul hasta el infinito. Quizá la abrumaron las preguntas, o las emociones, o todas las anteriores, o su esperanza tocó una pared imposible de derribar, donde las pequeñas ranuras se llenaron de agua al primer llamado, o quizá al llamado número mil, o infinito, o no sé cuántos pueden haber, pero ella sonríe, porque finalmente, qué importa, a veces nada importa, y a veces todo. Yo quiero traerla a mi lado, y aunque su presencia no sea cobijo, quizá pueda mostrarme algo que ahora no veo, quizá me lleve a volar por otros cielos, a pesar del gris, blanco y azul, y a veces amarillo, y a veces plagado de colores. Virginia, no sé nada de ti, ¿crees que podré saber más? ¿Crees que todo acaba? ¿Crees que vale la pena? ¿Esto es todo? ¿Hay algo más? Sólo puedo pensar en escapar y volver y escapar y volver y nunca se acabará, y quizá no importa, pero no es verdad porque ella está acá diciéndome que sí importa, y que tarde o temprano queda la certeza que es esto y nada más, y que poner las palabras que lo digan puede ser todo y gracias a que es todo entonces lo otro a veces parece nada, y a veces lo nada es todo, palabras, un poco de sol, un gran río y todas las dudas del universo que se disuelven en cuatro mariposas y tres cafés llenos de verdad, una montaña de gozo, íntimo y agradable, lleno de significado y tan lleno de la verdadera vida. Hemos perdido nuestro tiempo. Yo sé dónde está la verdadera vida. En el fin de la agitación, en el fin de la búsqueda frenética, en unos tomates en un huerto, en un momento de sentarse a disfrutar el río pasar y una conversación sincera, unas flores en el camino y tanto silencio lleno de plenitud aunque silenciosa, y toda esa sabiduría que esconde quien lo ha encontrado, y ese detener del caminar que llega como gozo al alma, y una mirada directa, y una calma llena de verde, y un futuro lleno de palabras, y una chimenea que entibie el alma siempre que sea necesario. Amor mío, llena este momento con tus palabras, dime algo que me acerque de nuevo a esa calma, a pesar de que estás tan lejos de Virginia, a pesar de que el sol va y viene en todos los lugares que conozco, déjame seguir sin tu persecución constante, déjame encontrar algún maldito momento que esté al medio y no desde ti a Virginia miles de espacios de distancia, galaxias que rellenar que nunca se aproximan, una consciencia centrada, un punto intermedio que contenga todas las palabras y el blanco-gris-azul sean una sola cosa, y donde el alma pueda expandirse sin tener que aprisionarse al momento siguiente cuando el llamado del planeta alineado al final de la línea duele, y hace falta, e invade todo como si fuera lo único que hace falta. Virginia, toma mi vida y si la calma nunca llegara a mi puerto, aunque añoro los bosques, llévame donde la tierra fértil me lleve hacia el cielo en un árbol que crecerá tan alto que las palabras serán realmente mis amigas, como lo fueron para ti, y como no puedo imaginar que sea posible. Un sentido que pueda remplazarlo todo aunque luego se desvanezca, cuando ya no importe, porque lo imposible ha dejado de ser inimaginable por posible. Cada vez que un texto se cierra toda la existencia adquiere un sentido por al menos unos minutos, quizá ese llegar al cielo tiene que ver con eso, y con ese cielo imposible que se viene acercando y que nunca había imaginado, aunque incluso algunas veces creí que todo era posible. La catarsis es completa, termina el texto y han nacido cinco planetas, y estás tan lejos y tan cerca y Virginia me mira, contenta, porque sabe que estoy llegando a vislumbrar un pequeñísimo átomo de esperanza de ese cielo tan lleno de palabras como de vida.

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