No hay
quietud posible. En Londres en un momento hay sol y luego al momento siguiente
una gran lluvia con su boca innumerable. ¿Quién dijo que el río era apacible?
Que se identifique. Dónde están todos esos embusteros. ¿Quién sobrevive a los
embistes sin consecuencias? Tal como el clima, los cincuenta escenarios
posibles que se presentan uno tras otro casi tocándose la espalda no cesan de
llevarme sin clemencia por los aires hasta el suelo y viceversa. Ahora entiendo
perfectamente el viaje cotidiano por los diversos parajes etéreos de Virginia
Woolf. Ella que vivía tan cerca de aquí, a unas casas de distancia. Atrapada en
estas nubes indecisas, con un sentimiento de pérdida constante, de algo que se
va, que probablemente sea la existencia que va pasando, pero se queda porque no
hay algo mejor en que emplearla porque es eso justamente, presente inquietante.
Si hubiese un grupo de Bloomsbury que me acogiera para interpelarlos por tal blancura
del cielo. ¿!Por qué?! ¿!Por qué?! Les diría. Al menos sabrían que ese gris aplastante
también llega al coraje de otros, que esos otros son también ellos mismos,
todos, juntos, o solos, sobretodo solos, como Virginia. He querido hablar con
ella tantas veces. He querido alejarme de ella tantas veces. Pero el llamado es
fuerte. No importa el gris. Porque hay pequeñas grietas de luminosidad, que se
expande si las palabras logran expresar ese gozo de vivir tan acompañado de
vacío. Esa completitud del planeta, y esa desazón incierta sin explicación pero
tan descorazonada. Y vuelvo a llamarla, y la entiendo tanto, esas palabras
cambian el color de las horas, destruyen el gris y soplan las nubes, como si
fuera posible. La ventana a mi lado me anuncia los cinco minutos de cielo azul.
Entonces aprovecho pronto de decirte que ya no hay vuelta atrás, que podré
sobrellevarlo todo, pero ese azul es tan incierto como la certeza de Virginia
respecto a las ganas de seguir. La llamo por su nombre, como queriéndola acercar
a mi mesa. La invito a sentarse. Puedo verla, toma forma, quizá está ahí
realmente, su mesa estaba tan cerca de la mía que no es mía pero me acoge en
este instante, y Virginia sonríe, y no necesito nada más, sólo saber que los
momentos de azul son suficientes, aunque ella no lo haya sabido, aunque ella
haya dudado, yo lo sé, y a veces no lo he sabido-sabré, y a veces he dudado-dudaré.
Las palabras son tan plásticas y malditas, y elásticas y sabias, y tan llenas
de verdad y de vida, entonces Virginia reposa su mentón sobre la palma de su
mano y posa su codo sobre la mesa, y ya sé por qué siempre la he querido tanto,
porque está tan cerca, aunque no sé nada de ella, es tan yo, aunque nunca en la
existencia fue tan ni siquiera un poco yo, pero no importa, porque sus nubes me
acechan, y sus descubrimientos me deslumbran y no pueden dejarme indiferente, y
en un espacio de unos instantes siento un destello de esperanza totalmente
certero y la sospecha de un incierto destino desdichado que no dura más que
unos segundos. Le preparo un té y la veo lejana, no puedo alcanzarla, porque
nadie puede alcanzarla, porque la conexión está tan llena de fisuras, que ese
intersticio donde te encuentras con un otro que incluso a veces es tú mismo se
desvanece al llamado de Virginia donde solo hay silencio, donde las palabras
existen, pero nunca, o casi nunca tienen las respuestas, sólo la manera de
agruparse para describir eso que nunca llega o que está por llegar y quizá va a
llegar pero cuando llega parece que nunca ha llegado o que siempre estuvo. Sí,
es confuso y contradictorio, ella lo entiende, y ella vivía a unas casas de
aquí bajo este cielo gris-blanco-azul-gris-blanco-azul hasta el infinito. Quizá
la abrumaron las preguntas, o las emociones, o todas las anteriores, o su
esperanza tocó una pared imposible de derribar, donde las pequeñas ranuras se
llenaron de agua al primer llamado, o quizá al llamado número mil, o infinito,
o no sé cuántos pueden haber, pero ella sonríe, porque finalmente, qué importa,
a veces nada importa, y a veces todo. Yo quiero traerla a mi lado, y aunque su
presencia no sea cobijo, quizá pueda mostrarme algo que ahora no veo, quizá me
lleve a volar por otros cielos, a pesar del gris, blanco y azul, y a veces
amarillo, y a veces plagado de colores. Virginia, no sé nada de ti, ¿crees que
podré saber más? ¿Crees que todo acaba? ¿Crees que vale la pena? ¿Esto es todo?
¿Hay algo más? Sólo puedo pensar en escapar y volver y escapar y volver y nunca
se acabará, y quizá no importa, pero no es verdad porque ella está acá
diciéndome que sí importa, y que tarde o temprano queda la certeza que es esto
y nada más, y que poner las palabras que lo digan puede ser todo y gracias a
que es todo entonces lo otro a veces parece nada, y a veces lo nada es todo,
palabras, un poco de sol, un gran río y todas las dudas del universo que se
disuelven en cuatro mariposas y tres cafés llenos de verdad, una montaña de
gozo, íntimo y agradable, lleno de significado y tan lleno de la verdadera
vida. Hemos perdido nuestro tiempo. Yo sé dónde está la verdadera vida. En el
fin de la agitación, en el fin de la búsqueda frenética, en unos tomates en un
huerto, en un momento de sentarse a disfrutar el río pasar y una conversación
sincera, unas flores en el camino y tanto silencio lleno de plenitud aunque
silenciosa, y toda esa sabiduría que esconde quien lo ha encontrado, y ese
detener del caminar que llega como gozo al alma, y una mirada directa, y una
calma llena de verde, y un futuro lleno de palabras, y una chimenea que entibie
el alma siempre que sea necesario. Amor mío, llena este momento con tus
palabras, dime algo que me acerque de nuevo a esa calma, a pesar de que estás
tan lejos de Virginia, a pesar de que el sol va y viene en todos los lugares
que conozco, déjame seguir sin tu persecución constante, déjame encontrar algún
maldito momento que esté al medio y no desde ti a Virginia miles de espacios de
distancia, galaxias que rellenar que nunca se aproximan, una consciencia
centrada, un punto intermedio que contenga todas las palabras y el
blanco-gris-azul sean una sola cosa, y donde el alma pueda expandirse sin tener
que aprisionarse al momento siguiente cuando el llamado del planeta alineado al
final de la línea duele, y hace falta, e invade todo como si fuera lo único que
hace falta. Virginia, toma mi vida y si la calma nunca llegara a mi puerto,
aunque añoro los bosques, llévame donde la tierra fértil me lleve hacia el
cielo en un árbol que crecerá tan alto que las palabras serán realmente mis
amigas, como lo fueron para ti, y como no puedo imaginar que sea posible. Un
sentido que pueda remplazarlo todo aunque luego se desvanezca, cuando ya no
importe, porque lo imposible ha dejado de ser inimaginable por posible. Cada
vez que un texto se cierra toda la existencia adquiere un sentido por al menos
unos minutos, quizá ese llegar al cielo tiene que ver con eso, y con ese cielo
imposible que se viene acercando y que nunca había imaginado, aunque incluso
algunas veces creí que todo era posible. La catarsis es completa, termina el
texto y han nacido cinco planetas, y estás tan lejos y tan cerca y Virginia me
mira, contenta, porque sabe que estoy llegando a vislumbrar un pequeñísimo
átomo de esperanza de ese cielo tan lleno de palabras como de vida.
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