Amo la
mañana, con su promesa de eternidad, del día completo por delante repleto de
ideas, de propósitos. Amo el atardecer, con su nostálgica resignación de lo que
no pudo llegar a ser, o que fue y luego partió. Amo el anochecer, el arribo del
momento de cerrar los ojos, con esa esperanza de un nuevo día, donde todo sea
posible, y donde solo contemplar la naturaleza imponente nos llene el alma como
si fuese suficiente. El día nos limita y nuestra mortal existencia nos limita. Aunque
casi nada tenga sentido, yo quisiera hablar desde el sentido que llevo dentro,
que no es otra cosa que observar atentamente, y dejar aparecer el universo que
nos habita, nutrido por toda esa maravilla posada a nuestro alcance cuando nos
acercamos a verla, y que nos vislumbra de cuando en cuando.
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