Un 16 de septiembre del año 2013 llegué a vivir a Europa, a Barcelona. Un año después me instalé en Francia. Hoy recibo una carta, fechada 16 de septiembre, exactamente 8 años después, que indica: la invitamos a presentarse para recoger su libreta de nacionalidad. Me siento en el suelo y lloro. De emoción. 8 años después soy una ciudadana de este lugar, mi casa. El lugar de mi enamorado, donde elegimos vivir. El lugar que siempre me persiguió, en sueños. Hoy, quizá, ya no soy una inmigrante.
La paradoja es que mis padres tienen la nacionalidad española y yo no, las normativas migratorias son muy razonables. No hay cabida para las identidades fragmentadas. Sólo queda agradecer a mi enamorado por su apoyo y paciencia en el océano de los trámites migratorios. Kafka es real, no son metáforas.
Aquí algunas de las aventuras. Hace exactamente dos años tenía yo que presentarme a mi examen de francés para demostrar mi manejo de la lengua en vistas a solicitar mi naturalización en este territorio. Venía de Italia en un tren para asistir al día siguiente temprano. El funcionario anuncia por alto parlante (me enteré después), que las personas que se dirigían a Lyon tenían que bajarse en Chambéry porque dado el retraso que llevaba el tren, luego tomaría rumbo directamente a Paris. Escribía yo en mi ordenador un texto sobre el amor como un circo, escuchando la canción On rit encore (todavía reímos) de Arthur H y Lhasa de Sela, que dice algo así como: Somos de aquí, somos amables, por supuesto, somos más fuertes que la naturaleza, avanzamos irradiando optimismo y amor, porque todo lo hemos visto, y todavía reímos. Para escribir, la canción tiene que sonar fuerte, así es que el alto parlante, nada. Cuando me percato, en un momento, que la distancia del tren y Paris es menor que la distancia del tren y Lyon, tuve a bien preguntarme si el tren iba en la dirección correcta. En ese mismo instante dos jóvenes mujeres sentadas en el asiento justo a continuación al otro lado del pasillo, me preguntan, ¿este tren no va a Lyon? Hablaban entre ellas en árabe. Yo respondo que sí, pero doy la mala noticia respecto de la distancia señalada en mi teléfono. Me ofrezco como líder de la comitiva para ir a preguntar al funcionario y aclarar este malentendido. El funcionario, que se encontraba en su cubículo descansando (era muy tarde) se agarra la cabeza y dice, pero si lo anuncié, vamos a Paris. No es posible, señor, nosotras vamos a Lyon. No se va a poder, señorita. Luego de una conversación de varios minutos, le poinçonneur des Lilas (des petits trous, des petits trous), como en la canción de Gainsbourg, hace unas llamadas y dice, listo, podemos llevarlas a un hotel en Paris. Estación de trenes en Paris, once de la noche, un taxi nos lleva hacia un hotel, lejos. En el camino, pregunto, esa estación de metro es Eurodisney, efectivamente, nuestro hotel está en Disney, con personas vestidas de Osos cortapalos, bajamos con mis nuevas amigas, ellas se dirigen al bar a tomar el welcome drink, pero yo no puedo integrar tan distendido momento en el bosque dibujado porque tengo que dar un examen de francés a las 08h30 de la mañana en Lyon y no sé cómo voy a llegar. Voy a mi habitación con bambis por todos lados, y miro los horarios de los trenes, ya son más de las 12 de la noche. Me levanto a las 5 de la mañana, y camino por Disney en penumbra, arrastrando mi maleta, sin encontrar a personas disfrazadas de nada porque literalmente, no hay nadie, y tengo que ir a la estación y no sé dónde está, estoy perdida en Disney, un Disney en la oscuridad, algo que pensé que no iba a ocurrirme, pero sí. De la oscuridad surge alguien (trabajan muy temprano en Disney), y me señala todos unos laberintos que podrán llevarme a mi tren, o a mi nuevo tren, o al que sea que haya, que no podrá, ni soñando, llevarme a mi examen de francés a la hora correcta. Logro salir de la pesadilla de Disney dormido y llego a la estación. Tomo el tren, y por supuesto, llega más tarde que el examen, me dirijo rauda al lugar, directamente, y llego con maleta, y le explico a la funcionaria que vengo de Disney, donde no pretendía ir, pero a veces las circunstancias nos llevan a lugares inesperados. Imposible entrar al examen tarde. Vuelva en dos meses, y vuelva a pagar, afirma, inflexible. Luego, por alguna razón que no logro dilucidar, se ablanda, de un momento a otro, y me dice, ok, pague la mitad, pero igual tiene que esperar dos meses, y tiene suerte porque queda un solo cupo. Extraigo mi lápiz de bambi y firmo. Dos meses después relleno casillas escuchando grabaciones súper capciosas que dicen qué quiso decir la señora Lafitte y el señor Lafitte en esta escena, y converso con una persona que me hace presentarle un plan estratégico para organizar un evento, todo con una fuerte dosis de estrés, y luego de eso, se da por finalizado con éxito mi examen de francés para la naturalización.
Otras aventuras son menos divertidas que ir a Disney. Dos gendarmes se apersonan en nuestra casa, con una lista, para chequear que no soy un holograma, que tengo existencia física, que tengo cepillo de dientes, me lavo el pelo, tengo calcetines, ropa interior, cosa que tengo, efectivamente, pero no estoy en la casa en ese momento, porque sólo estoy ahí los fines de semana, es sábado, pero no he llegado, y no pueden verme (¿soy un holograma?) pero sí confirmar que me lavo los dientes y que me visto con ropa, los libros no los miran (según me dijo después mi enamorado, quien tuvo que llevar a los invitados por cada habitación señalando lo que se indicaba en la lista). Y un par de semanas después, nos interrogan, en Grenoble, por separado, un funcionario de trato muy agradable, respecto a todos los detalles posibles de nuestra vida, pasatiempos, actividades, gustos, anécdotas, deseos, esperanzas, anhelos. En lo de posturas sexuales preferidas no entró, pero no habría sido raro dado el tipo de preguntas. Quizá hasta habríamos terminado comentando e intercambiando datos.
Ni hablar las veces que estaba en Francia y tuve que ir a Barcelona a renovar la visa, o que estaba en Barcelona y tuve que venir a Francia a renovar la visa, o ir a Chile para tramitarla, o para obtener doscientos papeles y timbres.
¿De dónde eres? La verdad es que no tengo idea, pero estoy aquí, y ya son 8 años.
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