En esta mañana dulce y soleada en que pensé haberlo perdido todo y sólo perdí el vértigo, todo sea quizá posible, como la sensación al escuchar la canción Tres notas para decir te quiero, de Pedro Aznar y Vicente amigo, con esa guitarra que eleva.
El devenir tiene la extraña capacidad de zamarrearte botándote a la sombra, para luego perdonarte la vida, cuando la avalancha estaba asumida y todo estaba dispuesto. Esa capacidad de mantenerse en pie cuando el viento sopla huracanado debe ser algo deseable. Y las tres notas insistiendo, esas tres notas para decir te quiero, en todas sus formas, buscando entrar, entrar, y dar ese mensaje, el mensaje esperado que sabe abrir camino entre los matorrales para alcanzar el río y su corriente caudalosa, pero abierta a recibirte, una fuerza serena que vibra. Cuando la fuerza parecía disuelta, reaparecer entre lo que siempre queda de ese fuego de vida, de esas ganas de seguir y hacer algo que valga la pena de todo esto. Tomando las tres notas y perseverando y perseverando, apremiando, hacerlas aparecer, subrayar una y otra vez la sonoridad que tienen y todo lo que se crea cuando se encuentran. Porque tres notas es un gran universo, que todo puede abarcarlo, y los grandes universos se conservan, para hacerlos florecer, hasta la explosión de la última estrella.
Como una apacible mañana de abril, que vestida de emoción y entusiasmo, una y otra vez, te perdona la vida. Esas tres notas que son todo lo que tienes, lo que te queda, y lo que te hace vivir. Una invitación al viaje y a la trascendencia. Tres notas para decir que el universo no cesa de expandirse.
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