Un 17 de diciembre del año 2015 la oficial del registro civil de la ciudad balneario de El Quisco de la región de Valparaíso en Chile pronunció un larguísimo discurso. Pero muy, muy largo. Entre los invitados se encontraban los folcloristas estrella del país y el fiscal metropolitano, no se podía avanzar así no más con la ceremonia, había que repasar todas las aristas de la unión. Luego de escuchar con muchísima atención, los dos incautos se aventuraron a decir, sí, quiero. Querían. Todavía quieren. Ese es el milagro y la belleza. Luego la concurrencia compartió quesos y patés franceses, y humitas y porotos granados mirando el mar. El postre no me acuerdo, pero sí la alegría de ese día.
Todo comenzó dos años antes de eso, un año nuevo, esos donde las personas bailaban cerca, sudaban, respiraban directamente el aire lleno de humo. No, de humo no, había que salir para fumar. De hecho, la primera conversación transcurrió en una de esas estrechas calles de Barcelona, fumando un cigarrillo. Conversación es mucho decir. La mímica transcurrió en el Carrer Nou de Zurbano muy cerca de la Plaça Reial en el Barrio Gótico de Barcelona. Hicimos nuestro mejor esfuerzo, las ganas de averiguar algo aunque fuese eran grandes. El galán desconocido debía volver a trabajar a miles de kilómetros al día siguiente, traspasar fronteras y llegar a Lyon. ¿Y luego qué?
Unas semanas después me encontraba instalada en su casa diccionario en mano. Antes de eso, en el avión, maldiciendo, por qué, por qué, qué hago en este avión. En el camino hasta la casa casi en silencio, transpirando. Una vez en el piso, cerveza en mano, el nudo se soltó, llegaba el sol por la ventana y hasta abordamos temas difíciles. Uno de esos días me tocó en la guitarra Je l’aime à mourir de Francis Cabrel, el mundo podría haber explotado en pedazos y creo que no me habría importado.
Las semanas entre un evento y el otro, correos, media hora en google translate para entender los correos y luego media hora para enviar un nuevo correo. La parte reading y writing fue la primera etapa. En este caso era lire y écrire. El segundo mes vino la parte reading y writing, pero live. Lire y écrire por la mensajería instantánea. Google translate a velocidad supersónica. Gran dificultad entre una etapa y la siguiente. El tercer mes lejos la fase más difícil, listening y speaking (écouter y parler), la cámara, y sonríe. Así comenzó todo, con una seguidilla de malentendidos irrelevantes y otros muy graves. Pero el asunto ya estaba andando.
Antes de ese cigarrillo, correr con las amigas para ver los fuegos artificiales que anuncian el nuevo año, partir tarde porque habíamos preparado una magnífica cena y no alcanzar a llegar y no ver nada, perdidas cada una por su lado en Barcelona. Luego nos encontramos y yo sugerí: ya sé, vamos a un bar que conozco donde tocan música en vivo muy buena y podemos bailar. Ahí sentado en una escalera estaba, escuchando la música. Fue amor a primera vista. Un par de horas tomó que intercambiáramos palabras. Soy tímida. Pero nuestros abrigos estaban en una butaca donde estaba él y su amigo. Sonrisas, hola, vamos a fumar, algo así fue, confuso pero definitivo.
La segunda vez que fue a Barcelona tuvo la ocurrencia de ir en moto. Era febrero. La batería dejó de funcionar en la mitad de la travesía. Había que cambiarla. No había manera de llamar. Yo esperando en el piso, mientras transcurrían los minutos y luego las horas. Murió, estuve segura, pero no quise pensar. Me puse a ver la película de la vida de Lady Di, lo que fuera para aplazar el momento de enterarme que había muerto, un mes y medio después de haberlo conocido. Nadie había tenido tan mala suerte, estaba segura. Diez de la noche una llamada: no estaba muerto. Venía. Llegó pasadas las doce convertido en hielo, pero ahí estaba. ¡No se había muerto! No lo podía creer.
La tercera vez llegó de sorpresa, yo iba por la calle y alguien me toca la espalda, me doy vuelta para averiguar quien quería molestarme para empeorar un mal día, y ahí estaba. Fuimos a comer paella para celebrar. Las conversaciones eran fluidas a esas alturas, o al menos los malentendidos habían disminuido.
La segunda vez que yo vine se organizó así, pregunté ¿te gustaría ir a ver a Tori Amos a Paris? ¿Puedes en esa fecha? Sí. Qué bueno, porque ya compré las entradas, pero no te había querido decir, es que tenía miedo que se acabaran. Lloré todo el concierto viendo a Tori Amos, porque era demasiado, ella, ahí, en su piano, él al lado, París. Decidí que podía morir porque ya había conocido lo más alto.
Las dosis iban aumentando progresivamente, primero vine una semana, la segunda vez diez días, la tercera vez era verano y tenía vacaciones y me quedé un mes, y así. Cada vez que tenía tiempo libre partía al idilio. El resto del tiempo trabajaba como mala de la cabeza para poder organizarme y alargar las estadías.
La primera conversación, luego de indicarle que yo había nacido en Chile, me dice: qué bien, yo voy a ir a fin de año para allá. ¿En serio? Sí. Vamos juntos. Un año después es lo que hicimos. Antes de dirigirnos palabras pensé que era catalán. Pero luego era francés. Fue una desilusión. Creo que asociaba francés con pedante desagradable. Qué tontos son los estereotipos.
El segundo encuentro en Barcelona recorrimos miles de pequeñas calles porque quería mostrarle no recuerdo qué, pero como soy perdida, y en un momento, mareados, decidimos parar en un bar de tapas. En un momento voy al lavabo y me doy cuenta que el lugar conectaba por un largo pasillo con el lugar donde tocaban música en vivo donde nos habíamos conocido. La coincidencia imposible. Le dije y no lo podíamos creer. Vivíamos de azar y maravilla. Como de amour y de eau fraîche, como se dice acá (de amor y de agua fresca). Bueno, también de cocina mediterránea y francesa, y vino, y música.
Luego de casi un año a la distancia, idas y venidas, qué hacemos, si quieres vente a Francia: ahí me fui (sigo aquí). Año nuevo esa vez en un piso que alquilamos. No recuerdo haber sido tan feliz como en ese momento. El año luego demostró un sinfín de obstáculos y dificultades, pero cuando se ama, algo pasa, hecatombe tras hecatombe, pero al final: te quedas. Disfrutas. A la larga, aquí la receta (cara de palo): espacios propios. Mucho humor. Amor, amor, amor, y vibrar con la esencia del otro, sin modificar la trayectoria de la bala, dejarla flotar con libertad. Feliz 7 años mon amour.
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