21 de agosto de 2020

Verano

El océano está en mi casa. Hokusai me ayuda. En los días de calor aciago vivo en compañía de mi ventilador. Se mueve de un lado a otro, con personalidad propia, como queriendo esquivar el calor, pero está en todos lados. Cae la noche y el calor suspendido en el aire. El pequeño molino de viento de un lado a otro con perseverancia. Y el calor en todos lados. Tomándose la escena. Hay una estación que se llama verano. Es mágica. También está en nuestra alma a veces. Como el océano. Tengo un inmenso océano en mis entrañas, donde se ahogan y nadan juntas todas las ideas que cosecho de tiempo en tiempo. El verano se llama miles de ellas chapoteando, riendo, saliendo del agua y recostándose al sol, con suavidad, como la voz de Kate Bush, eléctricas, como la voz de Kate Bush, el verano se llama inspiración poderosa y calor. El verano se llama unión y encuentro de todas las ideas del mundo, en un pequeño grupo, milenario, ensordecedor, se llama explosión de los cauces por el fuego, sequía de lo adverso, el verano se llama expansión, y espera del otoño para recogerse, para ordenar las hojas recolectadas y armar algo íntimo y significativo. Algo que dure y siempre cambie, como las estaciones. La inspiración sobrevive gracias al viento del molino y a la música de los bosques que sale desde la voz de la bruja del sonido. Donde refugiarse para conocer nuevos rincones, los que saldré a buscar cuando este calor intenso amaine, y mis pies puedan llevarme al encuentro de todos los rincones de la ciudad que me están esperando, la ciudad y el feminismo, las metáforas reales que quieren nacer, mientras más disfruto más toma forma el proyecto lleno de nuevo desorden, donde gritar íntimamente, llegando a nuevas canciones, alojadas en otros. Gracias a mi pequeño navío, a Hokusai, al ventilador, a la ciudad brillante, al verano, y a todas las amigas que me constituyen, y abren camino, dejando una estela en el mar todopoderoso y sus ríos amigos y representantes, sus brazos valientes, que escalan las montañas. Los textos, al igual que nosotros mismos, están compuestos de miles de estaciones, en hilera, y mezcladas en caos, por siempre, por siempre, entregarse a esta ocupación, y dejarlo todo, que todo quede, y partir, hacia otros horizontes, para seguir escribiendo, y volver a escribir. Para escribir escribiendo y sonreír sonriendo, caminar, caminar. Olvidar. Recomenzar. E invitar a volar. Y a morir. Quizá renacer. La tormenta y el baile infinito. El pequeño molino y su insistencia. Su alivio proporcionado a la exaltación. Y el sudor que se desliza por el cuerpo. Y las palabras tatuadas por las paredes y la ciudad entera. Los collages que quizá nos hagan navegar hacia nuevos espacios depurados de misoginia. Heathcliff, soy Cathy, déjame tenerte, alcanzarte, y que el texto rompa el alma y deje entrar la luz.

 



 

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