Podemos ser todo.
Podemos ser un poco el año que se va, un poco el año que viene. Un poco nuestro
lugar de destino. Un poco nuestro lugar de origen.
El 2019 parte,
para evaporarse. Pero queda el grito. Pero queda el océano que veo frente a mis
ojos.
Hace unos días
despedí a Montserrat. Ahora va conmigo a todos lados. La veo infinita sobre el
océano. La siento pequeñita dentro de mi corazón. Su risa y su sabiduría
inundan mi momento final de este año.
Lo que yo quiero
es no ser demasiado mi lugar de destino, ni mi lugar de origen. Quiero la
originalidad. No quiero la nostalgia. No quiero la idealización. Quiero mi
propia fiesta. Esta es nuestra fiesta. Esta es mi fiesta. Cuánto personaje. Cuánta
belleza.
Lo que yo tengo
es la capacidad de maravillarme. De mirar el océano cada vez como si fuera la
primera vez. De leer líneas y llorar. De ir por las calles y abrir los ojos a
esta ciudad llena de vida.
El 2020 abre los
ojos y sobrevuela el océano. Las olas rompen fuerte. Porque nada está escrito. Porque
una parte está escrita. Porque nuestra alma nos pertenece y se manifiesta.
Una parte de
nosotros se queda adherida a ciertos lugares. Recogemos todas las partes y las
hacemos mezcla. El resultado: un
encuentro con el amor de nuestra vida. Un sol detrás de las nubes que sigue
siendo sol.
Soy todos. Todos somos
inmigrantes de nuestro desasosiego y conquistadores de nuestra identidad. Descubridores
de nuestros brazos y nuestra voz.
Los pelícanos
planean a ras del mar y la ruta está viva. Cuando escribimos. Nuestra propia
historia. De nostalgia e idealización. Arrojamos los ingredientes a la tela,
abrimos los brazos. Esperamos. Se condensa el tiempo. Nace, nace, el futuro. Nace
el alma del tiempo. Avanza y se retrae. Pero nunca la misma huella. Pero nunca
la misma sonrisa. Tan efímero ese tiempo de olas y de sol. Unos años
disponibles y es el fin.
Sólo quiero
escribir. Sólo quiero trabajar. Sólo quiero hablarte y hablarte y escucharte y
sentirte. Volver a conocerte en cada conversación. En cada silencio. Sólo
quiero tu existencia en la mía. Miles de encuentros entre ambas. Todos esos
días que quedan. Sólo quiero estar contigo y vivir el milagro antes de que sea
demasiado tarde. Escuchar las olas, los saxos y los ciervos. El canto de la
originalidad posada en mi ventana como queriendo invitarme a saltar al vacío. Con
una sonrisa. Con el miedo de quien sabe que la existencia es tan efímera como
cada frase. De quien sabe a sangre y fuerza que la inmortalidad es una
entelequia. Como quien da un sermón a los necios de espíritu. Como quien espera
la empatía y la bondad de quienes aplazan y aplazan los caminos para seguir
llenando las carteras hasta que los alcance la muerte y ahí quede el gesto de
lo inútil y lo mezquino.
Yo canto. A
solas. Los senderos no están trazados. A veces tengo miedo. A veces la soledad
se cuela bajo mi puerta. Mi determinación está llena de balas, pero sigue
caminando. Las extraigo y cocino con la soledad una oda al miedo. Lo venero y
alzo la voz hasta que éste desaparece. Se insinúan los caminos. Reúno a todos
mis invitados y con fuerza les propongo nuevas vías. Me maravillo, agradezco y
plasmo el prodigio. El tesoro que se genera de anteriores tesoros que se funden
y crean las infinitas posibilidades.
La libertad de
cada paso. La libertad de dejar de lado esas palabras que se repiten y se
repiten. Esas frases que escuchamos hasta el hastío. La posibilidad de no
mantenernos atados a quienes nos vieron derrotados. Unos días nuevos rellenos
de confianza y humildad. Un 2020 como un libro por escribirse. Aceptando el
miedo de lo desconocido. Agradeciendo la posibilidad de construir entre todos. De
abrir las alamedas para poner un poco del corazón de cada uno en un lugar por
escribirse. Un lugar ya tan escrito, pero sin la valoración suficiente. Chile
es un lugar lleno de magia, de naturaleza y de arte que no hemos sabido
valorar. Y si hacemos leer en la escuela a todas esas escritoras y escritores. Y
si exhibimos ese cine con más ahínco. Y si tocamos esa música hasta abrir el
cielo. Y si miramos esas telas hasta que se nos peguen a las venas. Quizá entonces
pueda nacer algo. Pueda manifestarse ese pedazo de alma que ni sabíamos que
teníamos. Que hemos quizá negado, a riesgo de volvernos polvo sin conocer
nuestro destino. El 2020 es el año de potenciar toda nuestra creación. Tan poderosa
como nuestra existencia fatigada pero valiente. El alma de Chile abre los ojos.
Y se rellena de todas las creaciones disponibles. De tanta belleza dejada de
lado. Tanta belleza acribillada y ahora viva. La puesta de sol sabe de lo que
habla. El año se sumerge en el agua para irse y se levanta otra esperanza. Una esperanza
con miedo y con soledad pero con mucha menos desilusión. Si Chile quiere
navegar debe valorar. Todas esas olas disponibles que transportan. Debe darle
espacio al movimiento y a la originalidad hecha de nostalgia y de idealización.
Lenguas extranjeras que van uniéndose a la danza y saltando sobre el agua como
un delfín innumerable y furioso sin tiempo para perder. Detenernos, tomarlo
todo y lanzarlo al aire para que nos constituya, creando algo más humano y más
radical, como el sol redondo y amarillo que veo frente a mis ojos y se acerca
al horizonte para volver al día siguiente, transformado.
La ruta está
viva, y todo lo vivo no tiene remedio, como dijo Bolaño. Por todos quienes
dejaron sus días para escribirnos, para escribirse, tomemos ese sol y hagámoslo
explotar en alegría. De estar vivos. De tener un nuevo año a punto de aparecer,
un 2020 que quiere gritar en medio de tantos otros años que vinieron y vendrán.
Con miedo y
soledad gritamos nuestro destino. Escribimos nuestra canción para cantarla de
manera íntima cuando olvidamos nuestro nombre. El año nuevo es un número, pero
nuestros días nos pertenecen. La ruta está viva y aplaudiendo a quienes nos
precedieron y a quienes siguen poblando nuestra alma cimentamos un camino de
respeto y bienaventuranza. Feliz 2020 y todo nuestro reconocimiento a quienes
tiemblan pero continúan. A quienes alzan la propia voz y se exhiben para decir.
A los artistas olvidados y a los actuales. El alma está compuesta de canto. Se acabó
la indiferencia. Se acabó la aburrida planicie. Despertó la composición. Los ojos
más abiertos que nunca y un día que quiere expresarse, un año que sale del
cascarón para enseñarnos a amar y desempolvar esa facultad que duerme y es
capaz de poner nieve en esas montañas de cumbres secas e hirvientes por el
dolor. Un país de humor negro que es capaz de reírse de sí mismo. Para vivir
vamos a valorar. Vamos a potenciar. Vamos a respetar para construir. Pintaremos
esa tela llena de cicatrices y de música. Para cambiar vamos a valorar. Sin copiar.
Vamos a cantar, con el alma olvidada. Con el alma que nace cada día. Con tanta
flor disponible. Tanto lápiz esperando ser tomado.
Con un alma llena
de fuego escribiremos. Con una esperanza nueva. Con un año nuevo lleno de
océano. Con una solidaridad hermosa. Como el arte. Una hermandad llena de
araucarias. Una mirada más alta. Que abarque todo. Que sea amplia como el mar. Toda
esa agua disponible para lanzarnos a la vida. Llorando y riendo, en silencio y
con respeto. Admirando cada tonada de nuestra piel. Agradeciendo el asombro. Sabiendo
que nos sentimos perdidos y es desde ahí que algo con nueva faz puede crecer. Asombro
y creación es nuestro regalo para este año. Asombro y creación en este 2020 que
contiene el derecho de vivir en paz. Ganaremos nosotros los más sencillos. Ganaremos
nosotros los artistas. Feliz 2020. El alma está hecha de arte, que muere y
nace. Ganaremos nosotros los artistas.
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