7 de enero de 2018

Héloïse Balart-Perrier y el comienzo

A veces no comienza nada. A veces las cosas se mantienen en neutro. Tiempo… dicen. Tiempo… llamo. Tiempo. Christine And The Queens. Me concentro en ella. Sintiendo sus frases, sus subidas y bajadas. Dónde quedó esa música que tenía, le pregunto. Sigue cantando.

Sé que hay otra dimensión en que siguen pasando cosas. Aunque tal vez allá el tiempo también se haya detenido. También haya decidido perderse entre los árboles. Pasear por ese jardín lleno de espacios de gozo, de libertad. Ese espacio confinado y tan mágico. Tan abierto. Quizá se haya enroscado en las ramas y ahí esté sin poder moverse.

Lo llamo, entre frase y frase. Le hablo. Entre acorde y acorde. ¿Pudiste dormir? ¿Se acabó el insomnio? Y me niego a perderlo. Pero el tiempo me guiña el ojo y me dice que la precipitación es enemiga. Me propone escuchar Christine And The Queens para que pueda sustituirlo. Pero es insustituible. Todo es falso. Y a quién debo creerle. El tiempo maldito se hace el interesante y quiere dar vuelta todo. Para luego marcharse quizá adónde.

En cuanto escampe quizá ya no sea necesario el tiempo. O tomarlo todo y transformarlo. Ser mujer y convertirse en hombre. Nacer de nuevo. Olvidar lo que había. No derramar lágrimas por ese lugar que amabas. Todo está tan lejos. Pero no es verdad. Todo está muy cerca. Y eres mujer. Y eres una persona. Y todo está tan lejos. Y Christine And The Queens quiere seguir cantando. A pesar de todo. Desgraciadamente. O afortunadamente. Si pudiese saberlo. Si algún día escampa.

Y sabes que nadie entendería. O eso crees. O no te importa. Pero sabes que todo está tan cerca. Él está tan cerca. De tu cuerpo. De tus oídos. De tus labios. Se niega a irse. Y ella quiere nacer de nuevo. Ser hombre. Y tú no sabes nada. Nada. Sólo tienes interrogantes. Pero sabes que él está tan cerca. Aunque quisieras que siguiera enroscado en los árboles, lejos de ti. Si fuese posible. Si tan sólo fuese posible.

Y dejas que la tormenta te rebane. La dejas pasar. Con la esperanza de no sé qué. Probablemente una esperanza vacía. Una esperanza llena de bosques y de soledad amigable. Una esperanza que no tiene nada de esperanza. Más se parece a un huracán. A un momento a solas. Tú y tu historia. Tú y tu presente. Tú y tus ganas. Y nada que te resguarde de la ventisca. Una intemperie real. De esas que duelen. De esas que despiertan. Esas que llamas cuando no queda nada. Llamas sin querer llamarla. La observas. Pero no es posible porque eres ella misma. Te conviertes en descampado. Y de pronto todo se revela novedoso.

La sangre de otro se revela fría. Pero es una imagen. Su interior es caliente. Explota. Erupciones y erupciones. No se detienen. Una dualidad llena de fuego. Una dualidad con fuego en sus dos extremos. Y un punto medio lleno de hielo, que no es real. Porque en él también hay fuego. Y lo sabes. Y no le crees. Nunca le has creído en realidad. Porque a veces, o casi todas las veces no te crees a ti misma. Porque sabes que tú y él están hechos del mismo material. Y es incandescente. Y nunca, nunca se detiene. Pero sabes que es el mismo, y quema. Y sabes que no podrá soportarlo. Como sabes que tú tampoco. Y es quizá lo que te gusta, o lo que detestas. Ni siquiera puedes ponerte de acuerdo.

Y evocas su cuerpo. Y ahí viene la catástrofe. Porque todo en él es perfecto. También eso. Es todo. Sabes que es lo más alto del universo. Todo en él confluye. Porque nunca conociste a nadie así. Tan lleno de sangre y de llamas. Y entiendes que ambas bombean por sus venas. Y nunca van a detenerse. Que sólo la muerte podrá poner fin a esta perfección y razón de vivir. Y percibes sutilmente que su presencia y su falta se parecen. Más parece una maldición. Pero lo perfecto es maldito. Y quizá eso sea lo que atrae. Quizá eso sea lo interesante. Y te gustaría que él no fuera así. Pero al mismo tiempo eso es lo que te hace seguir. Ese amor más fuerte que todo, la razón por la que presientes que alojar en la tierra tiene un sentido. Un recuerdo que te deja continuar. Porque conociste la perfección y así puedes seguir. Porque eso siempre quedará, para nuevas aventuras, para no querer desaparecer.

Lo bueno es que ya tienes razones para no volarte los sesos. Porque esa fuerza igual queda en ti. El conocimiento del amor absoluto. Que se enreda y se pierde. En caminos sin salida, en laberintos. Pero de pronto todo es tan mágico. El punto neutro tiene una potencia inusitada. Te lleva por caminos nunca antes recorridos. Y recorre todos los que ya recorriste. Miles de caminos que se cruzan, suben, se enredan y continúan, para volver a subir, y enredarse. Y de pronto una intuición de que algo hay. Mirarla de frente. Subirse. Como a una montaña rusa. Debatirse entre un punto y el otro. De la nostalgia a la indiferencia. De la indiferencia al renacimiento. Del renacimiento a la explosión. Advertir que los volcanes erupcionan. Que esa energía es demoledora pero crea. A pesar de todo. Que puedes usarla para que se ponga a tus pies, con suavidad. De igual a igual. La invitas a hacer un trato. Porque cualquier cosa es mejor que no percibirla y dejar pasar esta oportunidad. La existencia es tan aburrida de otra manera.

Pero sabes que se puede recomenzar. Lo has hecho antes. Aunque ahora parezca inverosímil. Recuerdas pequeñas situaciones sin importancia. Ir en el metro. Sentarse en un parque. Y eso te indica que ya llegan nuevas cosas. Porque puedes vislumbrar situaciones en que él no es el protagonista. Situaciones sin protagonista. Situaciones donde estás tú y tu tiempo. Y tu integralidad. Donde todos los tiempos confluyen. Donde se puede ser sin contratiempos. Ser. Donde no necesitas nada. Donde lo irreductible se vuelve difuso. Y puedes volver a respirar. Porque sabes que el tiempo va a seguir pasando, pero podrás dentro de él moverte a tus anchas. Esos momentos de gloria los atesoraría como la piedra o la flor más bonita de la tierra. Una señal de que en el fondo, no todo está perdido. Quién dijo que todo está perdido. Yo vengo a ofrecer mi sinrazón.

Se pueden ser muchas cosas al mismo tiempo. Se puede ser mujer y hombre. Se puede ser volcán y explosión. Se puede ser dudas y potencia. Se puede ser tantas cosas al mismo tiempo. Palabras y emociones. Se puede ser actos y suspensos, pero en estacato. Pinchando las notas como si fueran carne. Se puede ser guitarra y piano. Aunque haya que elegir. Escoger los acordes con cuidado, o sin. Dejarlos aparecer y luego trabajarlos. Luego diseccionarlos hasta que haya algo interesante. Dejarse deslumbrar. Esforzarse. Darle al bombo hasta que sale el sonido correcto. Y seguir golpeándolo fuerte. Porque es la única manera. Hasta que el sonido se rinde al aplomo, a la porfía. Y luego puedes pasar a otra cosa, para, por supuesto, retomar. Retomar, retomar. Insertarte. Disfrutando de la incomodidad. Del sonido disonante que envuelve una promesa de paraíso.

Y sabes que puedes escribir. Y sabes que puedes escribir. Quizá no haga falta nada más. Quizá. Quizá. El tiempo se empecina. Pero ya casi lo llamas tu amigo. Te sientas a su lado, pero no le pides nada. Sólo le sugieres que te entregue su potencia. Te mira perplejo. Creemos que es seguro de sí mismo. Pero no. También tiene dudas. También tiene carne. Y es ardiente. Y se desintegra. Por eso tiembla. Porque quiere seguir pero a veces no sabe. A veces quisiera detenerse. Y ese es su problema. Su indecisión. Sus cambios violentos. Que toman semanas en incubarse. Meses, años. Décadas. Para explotar, para explotar. Lo único que quiere es explotar. Dejar de ser. Y ser. Quiere ser, con todas sus fuerzas. Y yo lo cobijo. Lo acuno en mis brazos. Pero no me pertenece. Nunca me ha pertenecido. Nada me ha pertenecido nunca. Tomo prestada las cosas. Converso con ellas. Poniendo mucha atención. Mucha, mucha atención. Y con la cabeza en otro lado también. En quince cuerdas. Quizá ese es el problema. La disociación que nos compone. La posible pasividad que intentamos esquivar. Yo no quiero quedarme todo el tiempo en la terraza. Tengo cosas que hacer. Tengo territorios que escudriñar. Como una comadreja curiosa. Como una comadreja gloriosa. Como la sublime comadreja. Como lo sublime. Como eso que me mostraste, como eso que no puedo olvidar. Como eso que sin lugar a dudas olvidaré, aunque nunca acabe. Aunque nunca olvide. Aunque tenga que operarme el cerebro para pasar a otra cosa. Operarme el alma llenándola de momentos de parque. De momentos de metro. Aunque la playa y la arena me estén esperando. Aunque el agua toque mi cuerpo sin traje de baño. Y el agua me despierte a algo nuevo.