9 de diciembre de 2017

El invierno y la música

El invierno se combate con música. La nieve se combate con Imogen Heap. El viento se combate con The Animals. El desasosiego se combate con palabras. Las nubes con un buen ritmo. Una buena letra, una voz que perfora. Un centenar de acordes. Todo sirve. El frío se acaba con una ducha y un té caliente. O al menos se disminuye. La lluvia se combate con la risa de un amigo, un par de delirios y todo está superado. El encierro se combate con Cinque Terre. El invierno se enfrenta en silencio, de frente. Con los ojos fijos en la primavera interior cargada de música. Pensando en el sol por llegar. Pensando en todo lo que nace en invierno, las flores del mal, torcidas, oscuras, perturbadoras. Extraordinarias. Todo sirve. El invierno se combate guiñando un ojo. La inmovilidad se combate abriendo los brazos y mirando al cielo. La aislación se combate abriendo los ojos. Los oídos. Mirando de reojo. El invierno se asume. La espera no se combate, se olvida. Las respuestas pendientes deben enfrentarse con un amor fulminante al limbo. Buscarlo. Invitarlo. Un buen esfuerzo. No pensar mucho. Mirar la nieve caer. Como si fuera un cuento. Una película. Ficción llena de belleza. Pensar en Río de Janeiro. En playas. Saber que la arena está tibia allá. Que las olas siguen rompiendo contra la costa. Que la samba nunca acaba. Monterroso, un barco de pescadores, colores amontonados en la colina, una puesta de sol que algo quiere decir. Pegársela a la piel. Hacerla entrar por los poros. Mirar las rocas y el mar bien al fondo, al fin del acantilado, y saberse a salvo mirando la espuma. Recolectar escenas que ayudan. Que no temen al frío. Björk en el barranco, Simon & Garfunkel en el bar. Puras escenas. Sueños que queremos olvidar. La existencia es una mezcolanza de cosas. No hay momentos limpios. El presente es miles de interacciones. Pero pasa lentamente, lamentable o afortunadamente. Escoger escenas y profundizar. Asumir. La montaña nevada. La nieve hasta la Côte d’Azur. Asumir. Un buen fondue y aferrarse al fuego de la chimenea. Intentar hilarlo todo, sin desesperar. O decirle al invierno que puede llegar. Que llegará de todas maneras. Que las hojas cayeron y ya no queda nada. Que es inevitable. Que las ramas desnudas deben tener algo sugerente. Que la belleza debería estar en todas partes.