6 de octubre de 2017

Emergency call: 112

Sin desafíos me aburro soberanamente.
S i n  d a e f s o i s  e m  a r b u r o  s b o m n a t e r a e e.
Sí, el corrector subraya la palabra, dice: aquí hay algo mal.
Pero sino es tan aburrido.
A veces hasta la palabra subrayada puede animar el día.
Algo que rompa con el sueño a las 4 de la tarde.
Algo que despierte del reparto consensual aparentemente inconmovible de lo sensible.
Vi tantas casetas telefónicas en Londres que motivé un animado debate respecto a su utilidad en los tiempos de los teléfonos móviles. Mi teoría era que tenían que tener alguna utilidad. O razón de ser. Por qué están aún ahí.
Levanté el auricular, para ver si al menos funcionaban.
Había tono. Disqué tres números al azar. De pronto: emergency call 112. ¡Alguien respondió!
Los mantienen aún por la seguridad de los transeúntes. Ja. O por decoración. Vintage. Pero alguien respondió. Corrí a contarle al resto. Nadie prestó mucha atención, miraban qué bus debíamos tomar. Volví a la caseta. Marqué el número: 112. Contestó otra persona. Al instante. Volví a colgar. Los teléfonos públicos tenían una razón aparente. Nadie parecía interesado en el asunto, sin embargo. Anoté el número de emergencia. La verdad estaba sorprendida. Y la verdad me parecía que toda la situación había sido una tontera, pero que me había hecho reír mucho. B dijo que era el número de emergencia en toda Europa. Más bien dijo: en Francia ese número es de les pompiers, los bomberos.
Olvidé decir algo: en Londres me tiraron un huevo en la cabeza mientras tomaba un café. Ese mismo día de la llamada de emergencia involuntaria. Particular forma de manifestarse. Llena de huevo. Todo el día con un olor horrible a huevo en la chaqueta. No vi quién fue ni sé cuáles eran sus intenciones. Pero todo el asunto me pareció totalmente absurdo e inconducente. Más tarde, en un baño público, veo caer lentamente una pluma del techo. Vaya, huevos y plumas, parece que es mi destino de hoy. La señal a descifrar.
La verdad quisiera saber por qué alguien se divertía, o protestaba, tirando huevos a las personas en una cafetería en Londres. Se me acercó una mujer que me indicó que le había pasado una vez lo mismo, en el mismo café. Me señaló donde estaban, hacia donde había partido. B quiso ir a ajustar cuentas, pero lo detuve. Un huevo no era demasiado grave, pero no quería tener que llevarlo a ningún lugar luego de algo peor. Unas horas más tarde nos reíamos del asunto.